La máscara eterna

Espero que la vida
no nos convierta en extraños,
siguiendo el discurso
de los espejos que huyen.

Deseo que
al cruzar una avenida,

nos saludemos,

y una sonrisa
cubra
nuestro rostro,
como si fuese el mejor
de los trajes.

Espero y no sé si es mucho esperar,
que el inevitable
juego a varias bandas
se simplifique
y,
después del gesto calculado,
prosiga un fino hilo de amor,
tibio como una caricia
que
embriaga el alma.

Entonces no seremos extraños,
y poco o nada dará,
si se trata de una calle, una avenida
o una plaza,
si hay que permanecer equidistantes
como los vértices de un triángulo equilátero,
porque la máscara eterna
habrá cesado en su eternidad,
y será efímera
como nuestra existencia.

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