Sin embargo, la mar se encrespó, como cada tarde, junto al acantilado. Las olas se batían contra las rocas, incansablemente. Desde lo más alto, el poeta contemplaba el paisaje y la recordaba mientras divisaba barcos que se perdían por el siguiente cabo. El aroma salobre del aire, las gaviotas que sobrevolaban el espacio circundante, y el último hálito de un sol que rojo se asomaba para ocultarse tras la línea que, el horizonte trazaba, componiendo partes de un mapa inexacto. Tantos motivos para recordarla... Los lugares donde juntos no habían estado, las sonrisas que él nostalgiaba, las conversaciones en las que ella era única, traductora-intérprete de sus estados de ánimo... De alguna forma, todo aquéllo le aguardaba tras un punto y aparte, mientras le componía odas a una luna silenciosa, cómplice, que retenía la esmeralda de su pelo, el perfume de todas las rosas.