Volveré a Granada en diciembre

Volveré a Granada en diciembre
cuando el invierno
haya hecho acto de presencia
y el último otoño deje
su tarjeta de visita
sobre el albero del Salón
en forma de hojas secas.

Un kiosko de música vacío,
donde se interpreta
una sonata
sin partitura
ni notas escritas sobre el pentagrama,
recuerda al río
que susurra
más allá de los jardincillos
donde los tilos y los plátanos
señalan
que el agua proviene de la
luz que
alcanzan las cumbres por entonces nevadas.

Junto a la ribera,
uno puede visitar
los arrabales
de la ciudad,
más arreglados
que en otros tiempos
y cruzar puentes
de hierro
para ir al otro lado
de la carretera de la sierra.

Subir por las cuestas al paseo
de las palmas,
visitar el molino de la casa de Ganivet,
y seguir ascendiendo
por los caminillos
hasta el barranco del Abogado
o salir por la cuesta de Escoriaza hacia el Caidero
llegando al controvertido
hotel Alhambra Palace,
lujoso lugar
que no encaja demasiado
en el ambiente del lugar.
Manuel de Falla
nos espera en su auditorio
metros adelante.

Desde allí se observan la ciudad,
la vega en los días claros,
los montes pequeños
rociados de azúcar
 que nos cuenta
el instituto geográfico,
la maraña
de la arquitectura nueva,
el río Genil.

Tras ese corto deambular
por calles y cuestas que parecen
nunca terminar de ascender,
uno podría descender
al Albaicín por la cuesta de los chinos,
y cruzar el Darro.

Granada y Diciembre
se llevan bien,
porque su relación de amistad
permanece frente al tiempo.

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