Sin embargo, la mar se encrespó

Sin embargo,
la mar se encrespó,
como cada tarde,
junto al acantilado.

Las olas se batían contra las rocas,
incansablemente.

Desde lo más alto,
el poeta contemplaba
el paisaje
y la recordaba
mientras divisaba
barcos que se perdían
por el siguiente cabo.

El aroma salobre
del aire,
las gaviotas que sobrevolaban
el espacio circundante,
y el último hálito
de un sol
que rojo se asomaba
para ocultarse
tras la línea que, el horizonte

trazaba,
componiendo partes de un mapa inexacto.

Tantos motivos para recordarla...

Los lugares donde juntos no habían estado,
las sonrisas
que él nostalgiaba,
las conversaciones en las que
ella era única,
traductora-intérprete de sus estados de ánimo...
De alguna forma, todo aquéllo le aguardaba tras
un punto y aparte,
mientras
le componía odas
a una luna silenciosa,
cómplice,
que retenía
la esmeralda de su pelo,
el perfume
de todas las rosas.



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