No le pregunté a la musa si quería inspirar la canción, pero ésta vino sola, inauguró una emoción. En mis días, entre otros asuntos, sus ojos y su sonrisa me daban la poca alegría que colmaba la sed del caminante. En mis tardes, era luz del atardecer que bañaba las calles y la ciudad se quedaba a un lado, respetuosa e inmóvil. En mis noches era la reina de un mundo compuesto de afecto, deseo, escaso artificio y alguna fantasía no realizada. Tras el adiós en el jardín, mi mente la perseguía entre sombras de recuerdos y casi-recuerdos. Ahora que todo se regenera y se recoloca, supongo que ella sigue siendo todo lo que intuía, pero ahora su imagen, tras el espejo, tiene una dimensión más real. Es puerto donde mis barcos navegan. Es brisa que envuelve a otra brisa. Es melodía que construye otra melodía aunque esté ausente. Es abrazo, es fruta, es tormenta, ola en un mar incandescente, llama que fulge más allá del hielo del invierno.