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Querida ausente (XCV)

Querida ausente: Hemos probado el discurso de la noche tras las calles tumultuosas, tras los bares atestados, y la vuelta a casa por avenidas semidesiertas, repletas de tiendas con escaparates luminosos, que ponen letreros sobre descuentos y precios de ocasión, largas líneas que reviven tras el eco de los motores de un taxi. Hemos caminado junto a nuestra soledad pensando en lo efímero de nuestra existencia, en lo breve que es nuestro paso por la vida, y las ganas que tenemos de exprimirla como si fuera el zumo de una naranja que recién arrancamos del árbol, lleno de las flores blancas, del azahar. En el binomio instalado de la ciudad y la existencia, uno se siente como pequeña barca en un mar gris y macilento, sólo protegido por los vientos clementes, que nos traen dulces presagios.

Querida ausente (XCIV)

Querida ausente: En los días de fiesta uno disfruta de las cosas pequeñas, como el descanso, la lectura, el paseo, el té de la tarde, o el cuidado de los niños. En su risa, uno deposita sus ilusiones, sus proyectos, la poca o mucha energía que le queda y entonces el mundo es bello, y entonces el mundo es más sano. Los jardines, los parques, son más felices al verlos, las fuentes brotan con más intensidad, los pájaros trinan con más intensidad. Entonces es cuando saco un lápiz, una libreta, me siento en un banco y escribo palabras. ¿No hacen eso todos los aspirantes a poeta? Se me ocurre mezclarte con este paisaje urbano. Olvidarme de tu estado civil, de las geografías que envuelven nuestra historia, de cronologías ajenas, y situarme aquí, en este preciso momento deletreando la palabra amor, en mayúsculas, en mi cuaderno, viéndote llegar por el portón de hierro que separa la ciudad de este pequeño paraíso arbolado, iniciar una conversa...

Querida ausente (XCIII)

Querida ausente: En la rosaleda, hay rosas de muchos colores. Algunas están marchitas, otras son de un color granate, y huelen de manera maravillosa. Su perfume es fragante. Hay rosas blancas que convocan a la pureza. Hay rosas amarillas que proponen la luz de un sol silencioso y que abriga el alma. Si tú quisieras, podríamos caminar juntos por este lugar cercano al parque del oeste, y al que se accede por un sendero bajo la atenta mirada de pinos centenarios, donde el silex realiza su discurso, y el teleférico se ve a lo lejos pequeño como sacado de una maqueta para niños.

Rosaleda

Caminando por el parque del oeste, puedes llegar hasta una rosaleda y allí encontrar rosas rojas, rosas pequeñas, rosas blancas, rosas amarillas. Algunas, de perfume fragante. Algunas, de inexistente olor. Bajo los pinos centenarios, siguiendo la senda de los muros olvidados, puedes llegar hasta una rosaleda.

Querida ausente (XCII)

Aunque no nos muriéramos al morirnos, le va bien a ese trance la palabra: Muerte. Muerte es que no nos miren los que amamos, muerte es quedarse solo, mudo y quieto y no poder gritar que sigues vivo. Gloria Fuertes Querida ausente: Seguimos vivos y en esa dicha de sabernos, caminamos. Ahora me pregunto: ¿Qué es la muerte? La muerte es algo más que el punto y final en un capítulo, la terminación de una estrofa, el signo de interrogación que cierra una pregunta, el estado de ánimo que continúa tras una respuesta. Es algo más que unos ojos fríos que miran como si hubieran sido congelados por un miedo irrefrenable, por un estado de constante angustia. Morir es creer que no hay esperanza alguna de que nos encontremos en algún rincón de la tarde como antaño. Contigo no hay muerte posible, pues todo es vida si tu mirada me acoge con la ternura conocida, y tus palabras me dan la bienvenida tras la lluvia de algunos años. Morir sí pero de amor agarrad...

Querida ausente (XCI)

Querida ausente: El día fue largo y ya cansado estoy pero antes de regresar a casa, quisiera decirte, buenas noches. Que descanses bien, que yo te recuerdo, que te rezo como oración antes de dormir, deseando que el buen Dios te cuide y te proteja, a sabiendas de que tú te cuidas y te proteges. Nada es imposible y menos lo es ese amor que, entre los dos, podemos construir.

Querida ausente (XC)

Querida ausente: La tarde es hermosa. Los niños juegan en el parque. Los rayos de sol acarician el rostro. Escucho el eco de su risa, mientras te recuerdo dulcemente sentado en un banco. El cerezo da la sombra necesaria, hemos estado cortando ramas de dátiles de una palmera. Mi amor por ti crece en este otoño de algunos dilemas resueltos, aunque sé que estos versos son sólo opio frente a la realidad presente. Te esperaré en tardes como ésta, bajo la sombra de árboles como estos. Mientras tanto, no estás.