Querida ausente (XCIV)

Querida ausente:


En los días de fiesta
uno disfruta de las cosas pequeñas,
como el descanso,
la lectura, el paseo,
el té de la tarde,
o el cuidado de los niños.


En su risa,
uno deposita
sus ilusiones,
sus proyectos,
la poca o mucha energía
que le queda
y entonces el mundo es bello,
y entonces el mundo es más sano.


Los jardines,
los parques,
son más felices
al verlos,
las fuentes brotan
con más intensidad,
los pájaros trinan
con más intensidad.


Entonces
es cuando saco
un lápiz, una libreta,
me siento en un banco
y escribo
palabras.


¿No hacen eso
todos los aspirantes a poeta?


Se me ocurre
mezclarte con este paisaje urbano.
Olvidarme de tu estado civil,
de las geografías que envuelven
nuestra historia,
de cronologías ajenas,
y situarme aquí,
en este preciso momento
deletreando la palabra amor,
en mayúsculas, en mi cuaderno,
viéndote llegar
por el portón
de hierro
que separa la ciudad
de este pequeño paraíso arbolado,
iniciar una conversación
y comenzar a andar juntos
sin que entre nosotros
hubiera habido una interrupción,
un punto y seguido,
un punto y aparte.


¿Cómo estás?
¿Qué tal todo?
¿Quieres seguir esta senda conmigo?

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