Querida ausente (XCV)
Querida ausente:
Hemos probado el discurso
de la noche
tras las calles
tumultuosas,
tras los bares
atestados,
y la vuelta a casa
por avenidas
semidesiertas,
repletas de tiendas
con escaparates luminosos,
que ponen letreros
sobre descuentos
y precios de ocasión,
largas líneas
que reviven
tras el eco
de los motores de un taxi.
Hemos caminado
junto a nuestra soledad
pensando
en lo efímero de nuestra existencia,
en lo breve que es nuestro paso por la vida,
y las ganas que tenemos
de exprimirla
como si fuera el zumo de una naranja
que recién arrancamos
del árbol,
lleno de las flores blancas,
del azahar.
En el binomio instalado
de la ciudad y la existencia,
uno se siente
como pequeña barca
en un mar gris y macilento,
sólo protegido
por los vientos clementes,
que nos traen
dulces presagios.
Hemos probado el discurso
de la noche
tras las calles
tumultuosas,
tras los bares
atestados,
y la vuelta a casa
por avenidas
semidesiertas,
repletas de tiendas
con escaparates luminosos,
que ponen letreros
sobre descuentos
y precios de ocasión,
largas líneas
que reviven
tras el eco
de los motores de un taxi.
Hemos caminado
junto a nuestra soledad
pensando
en lo efímero de nuestra existencia,
en lo breve que es nuestro paso por la vida,
y las ganas que tenemos
de exprimirla
como si fuera el zumo de una naranja
que recién arrancamos
del árbol,
lleno de las flores blancas,
del azahar.
En el binomio instalado
de la ciudad y la existencia,
uno se siente
como pequeña barca
en un mar gris y macilento,
sólo protegido
por los vientos clementes,
que nos traen
dulces presagios.
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