¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y diecinueve)

Sonaba el invierno de Vivaldi en la casa de Misha, mientras recibía una llamada telefónica de su gran amigo Urusov.
Ah, el bueno de Alexey, ¿qué querría a estas alturas del episodio?
Alexey confirmaba que había visto a Sveta con un hombre que no era Dimitri saliendo del café Pushkin y no se lo inventaba...
Ah, los artistas... Ellos siempre tan fantasiosos, pero qué iba a hacer Sveta a esa hora en un miércoles frío de Kazan del mes de Agosto, con un indivíduo que no era su marido...
¿Y a él que le importaba ya? ¿Y no era Sveta una mujer libre que podía tener tantos amantes como quisiera? A lo mejor era simplemente un amigo...
Este Alexey siempre revolviendo las cenizas...
Rechazó lo que él decía, argumentó que era completamente falso, que sería una coincidencia. Algo en su mecanismo interno le impulsaba a decir que todo se trataba de una estrategia, había que aceptar que de ese ansiado amor no era él su depositario.
Según Alexey había preguntado a los camareros y le dijeron que no sabían el nombre del caballero que acompañaba a Svetlana.
¡Cómo si él no tuviera amantes! ¡Ésto era inaudito!
Pero aún así, los celos lo consumían como se diluye la sal en un guiso, y le ardía la sangre como un fuego sin llama, caliz sin vino.
Misha nunca hizo caso de las habladurías de la gente. La gente hablaba y hablaba. Unos lo hacían por el mero placer de hacerlo, de inventar historias y de cubrir sus carencias con inoportunos comentarios, y otros recreaban realidades posibles y las dotaban de un carácter propio, eran creadores para la ocasión.
De todas formas, Misha se comportaba como una persona pusilánime y habría creído hasta al primero que le dijera que el sol tenía una forma elíptica.
Por ello, la melancolía le vino una vez más y quiso averiguar de quien se trataba. En su esquema de probables candidatos no encajaba ninguno. Quizás aquel apuesto señor con el que la había visto hablando cerca de las oficinas del departamento técnico el otro día o aquel entusiasta profesor de gimnasia de la escuela.
¡Qué más daba ya! La cosa es que ella había decidido cambiar de rumbo y sus rumbos no eran afines ni navegaban por las mismas coordenadas.


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