Querida ausente (CLVXXXI)

Querida ausente:

He escuchado el discurso de la tarde
tras las persianas entreabiertas
de un cuarto que yace
en su caos
compuesto por pequeñas islas de orden.

Ya sé que el guión de lo anterior
no sirve,
y por ello
hemos de reinventar el presente.

Para componer la estrofa,
basta con quedarse mirando
unos minutos la fachada de un edificio,
observar la hiedra
que cruza como un río sus grietas
y crece cerca del alfeizar en los ventanales.

Para componer el poema,
es suficiente con pasear
por calles solitarias,
descubrir la soledad en las avenidas
repletas de gente,
o pactar con la Luna
a escondidas con el beneplácito
de la medianoche.

Entonces elegimos un tema,
o el tema nos elige a nosotros y a nosotras.
Como un quejido antíguo
o como un suspiro reciente,
el verso culmina con el elogio,
con la réplica,
o con la denuncia,
con la enumeración de hechos,
o la simple contemplación de la belleza. 

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