¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y veinte)

Iulia miraba al mar, pero no era un mar cercano a Kazan, ni siquiera Kazan tenía un mar cercano.
Estaba en un lugar allende el Atlántico cerca del faro que por las noches acariciaba las costas de Point Judith. ¿Quién era Judith? ¿Qué figura de mujer albergaba aquel sitio donde las olas rompían contras las rocas formando vórtices de espuma y en el que la Madre Patria estaba tan lejos, y los pequeños habían tenido que adaptarse a la lengua inglesa y al acento propio del noreste norteamericano?
Aquella Judith no era una mujer conocida pero ella había decidido poner distancia con aquel clima opresivo y había decidido desanclarse en el muelle del rio Volga para navegar a muchos kilómetros de distancia aceptando una oferta de profesora en la Universidad de North Queenstown.
Los niños estaban felices, y Misha era pasado, una hoja amarilla en el libro que apenas releía.
Sergei y Alexander eran dos buenos niños, formales y educados, y también inteligentes. Se habían adaptado pronto a la nueva escuela y tenían amigos cuyos nombre parecía sacado de una novela de Enyd Blyton.
La vida era aproximadamente apacible con todos los rigores de la sociedad neocolonial y capitalista. La ansiada libertad era un producto de consumo, y en la televisión estaba al servicio de todo tipo de mercaderes religiosos, comerciales abusivos que vendían toda clase de ropa interior, y noticiarios donde se vendía la imagen de un país sobredimensionado en la historia, capaz de construir un sueño que para muchos era una auténtica pesadilla. Raro era el día en que no había un documental sobre alguna figura de relevancia de la política como John F. Kennedy o el propio Kissinger, o incluso el gran Nixon, artífices de grandes momentos en los que la Nación había sido exitosa gracias a su gran organización en el trabajo, en la planificación de la industria y en una política exterior inflexible que como maestro estricto de colegio religioso castigaba, conspiraba, y destruía a los países vecinos y limítrofes para con ello trabajar la ventaja y además abundar en su propia riqueza, ahondando en el mecanismo de la plusvalía del que tanto nos habló el filósofo alemán por todos y todas conocido.
En aquellos panfletos ideológicos de las grandes cadenas, no analizaban la cruenta batalla contra los indígenas nativos americanos y la carnicería que supuso la conquista del Oeste a golpe de winchester y bayoneta. ¿Libertad para quién? ¿Libertad para los europeos a aplastar a una civilización milenaria de tradición vasta y extensa?
Todavía así era formidable perderse por los montes en Maine, o en la frontera con Canadá, bañarse en playas de arena casi blanca, y apreciar la temperatura del océano de distancia, donde el olvido era algo más que una palabra que se encontraba en el diccionario. zabyvchivost' escribía en ruso, y las palabras se borraban al escribirlas como si lo hiciera con tinta invisible.
Era público y notorio que en aquel país habían hecho grandes películas. Recordaba aquellas superproducciones históricas sobre Roma y Egipto, espejos donde se miraba probablemente otro de los Imperios que la Historia ha decidido otorgarnos. Autores, autoras, directores, directoras, cientos, todos y todas de una excelsa calidad cinematográfica
¿Era Misha un imperio compuesto por una sola persona paranoica y delirante? ¿Era Dimitri el imperio intransigente y obsesivo? 
¿Era Svetlana un imperio ambivalente, dual, ambiguo como una respuesta poco concisa? ¿Quiénes eran aquellos vértices romos del cuadrado incompleto, imperios surgidos de la nada? 
¿Quién era ella? 
De la familia de Iulia era conocido que sus padres se divorciaron al ser ella muy joven y que siempre echó de menos la presencia de su padre. Misha no había sabido representar el rol fabricado en su niñez de padre todopoderoso y omnipotente. No, era diferente. Tenía demasiados pájaros en la cabeza y con ese amor suyo por Svetlana había traicionado todas sus expectativas. El punto y final había sido cuando aquello había trascendido a ser vox populi y había tenido que tomar cartas en el asunto. 
¡Ciao, Tschüss, Do svidanya, Auf Wiedersehen, viva la independencia y adiós a la Madre Patria con su lógica envolvente!



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