¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y veintidos)

Un'estate fa la storia di noi due 
Caterina Caselli - Michel Fugain 

En su desencuentro con Misha, Svetlana podía argumentar muchas razones, entre ellas aquel detalle funesto de un día en el que le envió un contacto de una supuesta traductora llamada Daria por si podía conseguirle trabajo. ¿Qué clase de jugada era ésa? ¿Qué pretendía conseguir? ¿Era ésa la manera en que Misha le mostraba interés y su abnegado espíritu volaba como los poetas místicos? Tal vez no, y era una grosería.

O como aquella otra vez en la que le contó un chiste de dos políticos corruptos que se mofaban de la educación pública, otro matiz de poca finura.

Entonces... Todos aquellos eran indicios para no centrarse en Misha como única salida... Era tan sólo una opción.

Pero Misha la recordaba y hacía todo lo posible por ser amable con ella.

Ahora, ¿qué quedaba de todo aquello, qué quedaba de los parques donde el propio Misha nostalgiaba su presencia, a pesar de un comienzo cutre y escaso de finura?

¿Qué quedaba de la construcción de la ternura, de los accesos de la poca elegancia que tenía todavía aquel hombre de manos siempre oscuras pero que leía, sí que leía e intentaba escribir versos casi tan hermosos como la sonrisa que ella le regalaba?

El destino le había jugado a Misha una mala pasada, pero cualquier crisis como sabemos tiene que ver con un mediocre conjunto de hábitos.

Los hábitos en Misha se habían empeorado y con su repetición contínua, no había mejorado tampoco la relación con su pareja que ahora estaba en un instante de absoluto abandono.

Como un terreno baldío que no diera más fruto, aquel hombre era llanto contínuo, porque si se decidía por seguir a su corazón, Svetlana no iría con él y si decidía honrar a la institución familiar,
todo iba a ser pena y tristeza.

¿Qué hacer? ¿Había vida después de Svetlana? ¿Había arreglo con Iulia?

Iulia estaba lejos en un país muy distinto pero rodeada de seres humanos que se regían casi por las mismas leyes no escritas de la realidad.

Svetlana no era Ana Karenina, ni Madame Bovary, ni ninguna de las heroínas que nos regaló la historia de la literatura pero era sin duda alguien que renunciaba, porque así creía hacer el menor daño posible. Pero en cuestiones de amor, los sentimientos son como cuchillos afilados, y en cuestiones de jugar a no amar, también se comportan como un metal hiriente.

Si la herida cicatrizaba, sería tarde para volver atrás. Misha no podría volver a su antíguo nido y Svetlana quizás podría interpretar, cargarse de buenas razones, pero al final en el modo ambiguo en el que todo puede ser o no ser, en vez de regalar libertad, había regalado una cadena perpetua de amor.

Había un punto, donde ya todas las guerras posibles entre imperios había llegado a un punto final y la vida siguió aunque para Svetlana siempre corriera el viento a favor.


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