Cuando nieva en Madrid

Cuando nieva en Madrid,
la ciudad se convierte en un desierto helado
y las tropas del invierno todo lo pueblan
aunque la resistencia
de la primavera, que se forja,
en las fraguas
y en los talleres, más allá,
del manto blanco de la nieve,
pervive.

Las calles no parecen acostumbradas
al discurso
del hielo,
y los habitantes se mueven
con alguna coordinación
sin ser demasiado conocedores
de algún estilo del patinaje artístico.

En el albor de Febrero,
la ternura
tiene forma de sal sobre las aceras
para que los mayores
y los que andan con dificultad
no se estrellen
contra el suelo.

Hay edificios de plástico,
que ofician
esta religión artificial
de la posmodernidad.

Todo está envasado y clasificado en su código
de barras.
Hasta los adioses frente
a las marquesinas
presentan sus liquidaciones
en forma de hoja de gastos
y los autobuses
parten
altivos desde la parada
y los viajeros
parten despechados
o con una sonrisa irónica
después de su viaje
desde la parada
hacia cualquier otro lugar de la ciudad.

En este sistema
que expulsa
la alegría,
estar alegre a pesar de todo
y de todos
es un acto heroico.

Son héroes y heroínas
los que
continúan caminando
y haciendo
frente a los campos magnéticos
que expulsan
al amor en cualquiera de sus manifestaciones.



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