Giulia y la ciudad

Cuando Giulia regresaba de la ciudad,
tras otro episodio-delirio-pasaje de amor,
en el alféizar de la ventana siempre
había rosas
y no importaba tanto quién las hubiera
colocado allí
o si se trataba de un autorregalo.
Sin dudarlo, Giulia era de esas personas
que merecen un homenaje.
Porque Giulia era como tantos otros y tantas otras
una eterna amante de la vida y trataba
de extraer toda la enseñanza
que ésta pudiera incorporar.
"Nadie entiende a las Mujeres libres", se decía,
mientras hojeaba el capítulo del Quijote
donde la pastora Marcela
hacía un alegato del derecho a decidir
y sobre la libertad.
Sus compañeros,
compartían fragmentos
de un viaje,
en el que no tenía cabida mirar atrás.
Próxima estación, el futuro,
se decía a sí misma.
En los días claros,
salía al balcón
desde el que se apreciaba
Madrid en su dimensión creadora
tras el acicate de su verbo estrafalario.
La Latina era entonces algo más que un barrio
y las macetas en
su balcón
portaban flores de invierno
que resistían el frío, el temporal,
y la escasez de agua.
El aroma de la estación primaveral
se iba gestando
como si la trajera el propio Vivaldi
y cualquier gesto de Giulia
era elegante,
como elegante era la contundencia
con la que sabía decir adiós
cuando en el alba
por las calles del centro
sólo caminan los borrachos,
y se abren las cancelas de las primeras cafeterías.
En su soledad, Giulia, era algo más que un héroe,
algo más que toda la belleza unida
en armónico crescendo,
para convertirse en única,
fortaleza inexpugnable
donde el deseo permanece a salvo,
el deseo de amar cada instante
como si fuera el último
y del que ella era artesana ejemplar
sin lugar a dudas.

Hasta llegar a este instante, su historia poco importaba.
El Manzanares era un riachuelo
con ínfulas de grandeza.
Sin embargo, el Tíber era un paisaje
antíguo,
propenso al pasado,
al color sepia de las fotografías
almacenadas
en álbumes
desprovistos
de la distancia
que propone una tarjeta de visitas.

El Guadalquivir y el Genil, por tramos,
, recuerdos de una breve estancia en Andalucía,
donde creyó que aquel lugar
le pertenecía aunque sólo se trataba
del inmenso decorado
de una gran obra teatral
donde las estrellas fulgían
en el cielo nocturno del estío,
sólo por puro compromiso
y de cara a la galería.

Resumiendo, cuando Giulia regresaba
de la ciudad,
el mundo quedaba
aparte
cuando cruzaba el umbral de su umbría morada,
donde las sombras
eran trozos de lirios,
que construye el puro prado
sin mancha.

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