Yosleidis y Juan

Yosleidis y Juan se conocieron en Madrid, en las fiestas de la Paloma hace siete años, aunque los dos venían de la Habana. Todo sucedió en el verano del 97. Yosleidis trabajaba de camarera en una cadena de cafeterías y Juan hacía las veces de bedel en un edificio de oficinas de un importante centro de negocios.
Sin embargo, hoy, domingo, 25 de Mayo del 2004, ambos se encuentran en plena crisis sentimental mientras sentados en un banco de la remodelada plaza de Santo Domingo, su amor parece pasar de los puntos suspensivos al punto y final, llevando a cabo una conversación que no induce a creer en el buen presagio. Con el habitual tono monótono de Juan que se asemeja al batir del sonido de un punzón en una fábrica, él elabora su discurso tendiendo a ponerse nervioso y plantea "las tres decisiones" entre las que Yosleidis debe optar. Acto seguido, se realiza un silencio y, tras la pausa, se establece un giro semántico y a "las tres decisiones" le llama "las tres opciones".
Pero Yosleidis tiene su propio criterio porque ha estado reprobando desde una distancia justa todos los cuentos que Juan ha querido contar. La jueza máxima de la contienda dicta su veredicto y con un discreto "No, Juan" se la ve alzarse enmedio de una plaza decorada con algún árbol solitario y de un viento susurrante y frío de Febrero. Se aleja entre la muchedumbre.
De repente, Juan ha tomado de su propia medicina. Ahora se siente solo. En una ciudad que no es la suya pero que podría serlo rodeado de millones de personas completamente ajenas, completamente esquivas. Como un golpe contudente, de los que hablaba Vallejo, se siente aturdido y un edificio clásico de la Gran Vía cae metafóricamente sobre su cabeza, ladrillo a ladrillo, tubería a tubería.
Sabe que el final del amor implica el final de la convivencia y él no quiere empezar de nuevo. Pero debe hacerlo... Como el caminante errático que se asemejara a un barco que navegara en un mar inclemente, arriba a una nueva isla de amargura en la que él fuese el único Robinson...
Siendo éste un mal bien extendido entre la inmensa mayoría de la gran raza humana.
Después de salir de un bar en la bifurcación entre dos calles, se dice a sí mismo: "Hay que pasar página"
Pero Juan ya no es el mismo. Ni siquiera una víctima, atrapado en su propio laberinto.

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