Como un mensaje en una botella
Como un mensaje que se introduce en una botella para ser lanzada al río, y que del río llegue al mar, y que del mar salga para yacer sobre una orilla, así va mi carta, principio de relato y crónica de vida.
Escribí un poema. Bueno, escribí más de uno pero era uno concreto sobre una habitación de hotel con un número incluído (la 404) y dos personas que van hasta ella, donde duermen, se alimentan y al salir como hojas que caen de un árbol, se diluyen en la ciudad
navegando por ella, y sí, navegan como algo más que dos cuerpos inertes, algo más que dos figuras de la creación, algo más poeta, algo menos musa, algo más cuerpo resistente y consecuente, el de ella. La musa se desprendió
de su papel aparentemente pasivo y tomó las riendas del proceso constructor. También contaba historias con su pluma precisa recorriendo paisajes humanos, la psicología de los personajes, los lugares físicos y soñados con avidez y desparpajo.
Poema y Novela fabricaron un nuevo género literario que se llamó Noema que se componía a base de vérsulos en los que había ripios, repeticiones sin mucho fundamento, alguna rímula, y muchas palabras diversas.
Uno de esos Noemas, hablaba de una habitación contígua. En su ambientación decía algo como esto:
“
En la habitación de número capicúa, el huésped escuchó la puerta de la habitación de al lado. Una pareja entraba con risas y ambiente festivo. Encendió la televisión y puso el partido de futbol. Como le aburría soberanamente, cambió los canales y asistió a la cutre exposición de los egos y vanidades propias de la época, volvió a ver el festival de Eurovisión, ese escaparate de tienda de barrio.
Asistía con la incredulidad propia del solitario, y con la envidia sana propia de los mortales al encuentro amoroso de la pareja al otro lado del tabique.
No pudo sino acordarse de la Mujer a la que amaba. Esa suerte de enigma, jeroglífico y epigrama a través de los cuales estudiaba cada una de sus miradas.
Y creía oírla al otro lado, preso de unos celos mortales habría cruzado el muro y llegado a su encuentro.
Pero… No valía la pena. Si era ella, no habría visto con buenos ojos su intervención. Si no era ella, ¿de qué se preocupaba?
Más allá de las ventanas del cuarto, Zaragoza era algo más que una estación de autobuses, una parada en el camino hacia otro lugar, inasible e inaccesible, de momento.
Las gentes recorrían la ciudad en una casi armonía. Había bicicletas en cualquier lugar.
Los feligreses acudían solícitos a la llamada de la campana de la Iglesia de San Miguel y, en su interior, obras de arte no sé si auténticas pero de incalculable valor sacro, mostraban los brillos del oro,
Traído no se sabe muy bien de dónde, quizás de allende los mares.
Tal vez un ilegítimo Ulises los cruzara por encargo de unos reyes de ambición descomunal.
La belleza se dijo, siempre tiene algo de prestado. Es transitoria, y viaja como pasajera en un viaje de ida en cuyo fin estuviera su extinción.
Pero se niega a perecer como así lo demuestra la grandiosidad de la naturaleza o la sedienta tranquilidad de las plazas donde la vida transcurre pese a todo, pese al inclemente todo. “
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