Querida ausente (CXXI)

Querida ausente:

Cuando Caesar Augusta
muestra sus ruínas y
las calles del centro
deciden ver aparecer su esplendor
con dorados tejidos de luz tardía,

entonces y sólo entonces
el Ebro es un remero incansable,
un tranvía que surcando el raíl,
las margaritas junto a la hierba
agita,
un puente de geometría exagerada,
el dibujo de una ciudad
formada por innumerables
edificios que se parecen a
cajas de zapatos
puestos de canto.

El carpintero aguarda
tras su taller de horas,
a ver a las aguas del río
ser acariciadas como el viento.

Ya no hay certezas.
Ya no hay dudas.
Una palabra,
un acento,
una tierra condenada
a conocerse,
tras los vestigios
de un imperial pasado
decadente.

Es Zaragoza,
y yo miro al sur de la ciudad,
donde los tranvías no llegan,
donde el color gris de las calles,
nos recuerda el aroma de arrabal,
de las tiendas de alimentos
con canastos en la puerta.

Hoy, tras tu recuerdo vendrá la noche, y estás presente,
como este poema que recuerda
tu condición de ausente,
tu brillo incandescente.

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