Amnistías

Cada amnistía tiene su naturaleza,
sus circunstancias,
sus dimensiones objetivas
y sus subjetivas,
sus percepciones,
sus juicios a priori
y a posteriori,
sus verdades
y sus mentiras,
conlleva el fracaso de la oficialidad,
la ruína de los hombres y de las mujeres.

En la amnistía de una madre superiora,
estaba el estado de ánimo
de gentes que la admiraban y al mismo tiempo
que la temían,
porque se sabían al igual que ella
puros mortales.
Nuestra protagonista era
capaz de tener un nivel de trabajo enorme,
facilitar la vida de los demás,
y sentar a la mesa a diario
con cubierto y mantel,
en la metáfora cotidiana
a todo y toda aquél o aquélla que se lo pidiera
en pleno ejercicio rítmico de métrica
no demasiado pulida
y bajo el axioma
todo lo que venga detrás de ella
será la catástrofe
y el fin de la anestesia colectiva.

En la amnistía de un campesino burgalés,
estaba el culto a su supuesta bondad,
la amnesia de los que con él
eran solidarios
y proponían
el hipotético éxito que las demostraciones
de morcillas de Burgos
causaban entre el vecindario.
Frente a éllo,
poco o nada se sabía de aquel indivíduo gris
y opaco como un mecanismo cerrado.
De las supuestas y torpes maneras
que tenía de relacionarse
con los menores bajo el presunto bisbiseo de las serpientes
venenosas.

Pese a todo, pese a todos,
y basándonos en la insignificancia
que tiene nuestro ser,
la simplificación de los virtuosos,
la progresía de arrabal de Barrio Salamanca,
dios mediante,
las amnistías redimieron
a la madre superiora y al campesino burgalés
en pleno ejemplo
y verbigracia
de la transespañolidad
de las esquinas
y la internacionalidad de las baldosas.

La justicia como siempre adolecía
en el escenario
y el mundo del espectáculo se quedaba en la pose
estudiada de los ventajistas.

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