En Madrid en los primeros días de Septiembre

En Madrid en los primeros días de Septiembre,
el otoño se anticipa y se convierte en anfitrión
de mañanas nubladas y hojas secas sobre la acera,
manifiesto del ocre y amarillento tiempo
que, de improviso,
se nos presenta
cerrando el capítulo del estío.

Es entonces cuando uno vuelve
a las tiendas de materiales para la escuela
y recuerda su infancia:
coleccionando carpetas, libretas, lápices y rotuladores,
revisando las líneas de 3,5 mm o de 2,5 mm
bajo la atenta mirada de próceres equidistantes,
que nada o poco aportan
en el sistema de embalaje, cobro y empaquetado.

La vida se convierte en una convención
animosa,
en la
tierna caricia
y en la dulce mirada
de una hija agradecida
por este tiempo para los dos,
en el que compartimos
no sólo la tarea
sino la confidencia y la palabra sincera.

En la siguiente estación, los juguetes y los juegos
nos esperan
pero en esta historia
no hay casas de muñecas de Ibsen.

Tras la despedida, el abrazo que no falta,
la promesa de una llamada,
y al volver a la soledad acostumbrada,
uno se siente más pleno,
al saberse entregado
a esta paternidad consciente
acompañante y guía.

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