Querida ausente (CXCV)

Querida ausente:

¿Te espero?
¿No te espero?

En tu astucia,
pareces haber reconvertido
la historia
y ya tienes una versión oficial
que te satisface
y que no corroe tu conciencia.

Pero permíteme que agregue
palabras tiernas
a la ya per se
construcción de la ternura
y el afecto
en los comunicados oficiales.

En la línea difamatoria
que un hombre herido
esbozó
jugaste
una posición ambígua
y no llegaste a desmentir
totalmente
sus postulados.

Más bien,
podríamos decir que
te situaste en una posición equidistante
y
esperaste
a que todo pasara,
como una lluvia constante tiende a su fin,
en días de otoño en los que las calles
atestadas de coches y gente,
parecen no seguir el discurso
habituado
de un verbo mecánico
y obsoleto.

Concuerdo contigo en lo siguiente:

Cuando después de un año y medio,
finalmente esbozaste una despedida
tímida
en un parque,
yo ya estaba lo suficientemente embarcado
en una travesía
como para volver a puerto.
Aquéllo no se parecía a una total despedida.

Cuando me viniste
con argumentos que por mi ceguera
no lograba comprender,
persistí e insistí.
Sí, éso te agobió y creó malestar.
Tal vez, para tí recibir estos poemas
constituya un agobio y un malestar todavía.
No se me olvida que eres Madre, mi querida ausente.
Tampoco se me olvida que a tu Hija la quería como si fuera propia,
mi querida ausente.
No se me olvida que soy Padre, mi querida ausente.
No se me olvidan mis responsabilidades.

Señor Juez, Señora Jueza:

Me declaro culpable de haberte amado.





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