Querida ausente (CXCIV): El segundo Waltz
¿Para qué esperar a un segundo Waltz
si cada día podemos bailar el primero?
Vestidos con trajes de época
o desvestidos de la más absoluta convención,
nuestros cuerpos libres y desnudos
de tanta moral y tanta retórica
celebran
el primer Waltz que cada día renueva
nuestra piel,
con la luz de la tarde
o de la mañana,
y
que nos traslada
la oración subordinada
de su diáfana presencia.
Nos reímos,
¿recuerdas
aquella risa tuya
de aquella vez que
casi dijimos "lo hemos conseguido"?
¡Qué breve se me hizo aquel momento,
cuánto control
había en tus movimientos estudiados
milimétricos
y dirigidos
hasta a la hora de servirte el café
que, por supuesto,
no te lo serviste a la misma vez que yo!
En ese desfase de la onda,
tu café iba con un retraso respecto al mío.
Pero nos sabíamos juntos,
y también sabíamos
que el marcapáginas
debería anunciar
el tiempo de la ausencia de los dos.
si cada día podemos bailar el primero?
Vestidos con trajes de época
o desvestidos de la más absoluta convención,
nuestros cuerpos libres y desnudos
de tanta moral y tanta retórica
celebran
el primer Waltz que cada día renueva
nuestra piel,
con la luz de la tarde
o de la mañana,
y
que nos traslada
la oración subordinada
de su diáfana presencia.
Nos reímos,
¿recuerdas
aquella risa tuya
de aquella vez que
casi dijimos "lo hemos conseguido"?
¡Qué breve se me hizo aquel momento,
cuánto control
había en tus movimientos estudiados
milimétricos
y dirigidos
hasta a la hora de servirte el café
que, por supuesto,
no te lo serviste a la misma vez que yo!
En ese desfase de la onda,
tu café iba con un retraso respecto al mío.
Pero nos sabíamos juntos,
y también sabíamos
que el marcapáginas
debería anunciar
el tiempo de la ausencia de los dos.
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