Querida ausente (CLXXXVIII)
Como el viento de poniente
Querida ausente:
El viento de poniente
trae olas altas en la costa del mediterráneo
y los habitantes de sus pueblos se despiden de los veraneantes
con el oficio acostumbrado
del tendero.
Los pescadores vuelven a la faena
que no abandonaron
y los bares de la playa cierran
hasta que vuelva la marea de turistas
allá por Abril cuando vuelva el buen tiempo.
Tormentas de arena del desierto,
paisajes de un mar de plástico
propios de los invernaderos.
La constante llegada de magrebíes es un hecho
y se dedican a trabajar
en esos centros de la esclavitud
comandados por gentes del lugar.
El reloj de la iglesia suena
con su campana
lánguida y melancólica
y el cielo se vuelve de un verde
macilento,
el agua de un color gris
de la piedra pizarra.
En el monte cercano,
todo es calma.
Algún land-rover pasa
de la guardia forestal o de la guardia civil,
o una furgoneta con jornaleros
que terminan el día.
El sol se quema
entre rayos casi granate
y el olor a sal es más profundo.
Querida ausente:
El viento de poniente
trae olas altas en la costa del mediterráneo
y los habitantes de sus pueblos se despiden de los veraneantes
con el oficio acostumbrado
del tendero.
Los pescadores vuelven a la faena
que no abandonaron
y los bares de la playa cierran
hasta que vuelva la marea de turistas
allá por Abril cuando vuelva el buen tiempo.
Tormentas de arena del desierto,
paisajes de un mar de plástico
propios de los invernaderos.
La constante llegada de magrebíes es un hecho
y se dedican a trabajar
en esos centros de la esclavitud
comandados por gentes del lugar.
El reloj de la iglesia suena
con su campana
lánguida y melancólica
y el cielo se vuelve de un verde
macilento,
el agua de un color gris
de la piedra pizarra.
En el monte cercano,
todo es calma.
Algún land-rover pasa
de la guardia forestal o de la guardia civil,
o una furgoneta con jornaleros
que terminan el día.
El sol se quema
entre rayos casi granate
y el olor a sal es más profundo.
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