el cadente ritmo de los tiempos
Sobre las ocho y media de la mañana
tan sólo los bares están abiertos
y, en su interior,
hay gentes que toman su café
antes de comenzar el trabajo.
Como acordes de comienzo del día,
que salieran
de, aparentemente,
afinados y tempranos instrumentos,
la vida sigue su curso.
Lo continúa
tras el umbral de una oficina,
o de la entrada de un colegio abierto
en los días de julio.
Madrid avanza en días nublados,
en los que se percibe
un bochorno,
presagio de una tormenta postrera.
Hemos aprendido del discurso
de la lluvia en los callejones,
de su líquido susurro tras los cristales,
del mundo superficial que nos rodea,
y que se materializa
en los bailes donde se concentra
el ego de los habitantes
de la ciudad de Babel.
Hoy más que nunca te recuerdo,
desde el asiento de autobús
donde diviso
la estructura poligonal de los edificios,
la tela de araña de las carreteras,
la madeja donde se queda atrapado
el sentimiento,
la suerte de conocerte,
el cadente ritmo de los tiempos
tan sólo los bares están abiertos
y, en su interior,
hay gentes que toman su café
antes de comenzar el trabajo.
Como acordes de comienzo del día,
que salieran
de, aparentemente,
afinados y tempranos instrumentos,
la vida sigue su curso.
Lo continúa
tras el umbral de una oficina,
o de la entrada de un colegio abierto
en los días de julio.
Madrid avanza en días nublados,
en los que se percibe
un bochorno,
presagio de una tormenta postrera.
Hemos aprendido del discurso
de la lluvia en los callejones,
de su líquido susurro tras los cristales,
del mundo superficial que nos rodea,
y que se materializa
en los bailes donde se concentra
el ego de los habitantes
de la ciudad de Babel.
Hoy más que nunca te recuerdo,
desde el asiento de autobús
donde diviso
la estructura poligonal de los edificios,
la tela de araña de las carreteras,
la madeja donde se queda atrapado
el sentimiento,
la suerte de conocerte,
el cadente ritmo de los tiempos
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