Toda historia tiene su punto final

Toda historia tiene su punto final.
Amar a los muros del palacio
del amor no correspondido
es insano.
Escribir de forma diaria a la amada
que nos ignora de forma sistemática
es una clara pérdida de tiempo
y un ejercicio de derrochada energía.

Por eso, debemos reducir
hasta la última expresión
cualquier señal de la persona adorada,
cualquier indicio que nos lleve a pensar
en el ingrato recuerdo
o en la flor de la otrora fabricada alegría
cuyos pétalos fueron formados
por sus breves e intensas sonrisas,
y cuyos pistilos rezumaban
un agridulce veneno.

Toda historia tiene su punto final,
y es mejor retirarse a un lado,
cuando el camino está cortado,
cuando ya no hay más piezas
con las que jugar
una partida de ajedrez
que no es infinita.

Toda historia tiene su punto final,
como todo tiene su punto de inicio.

Toda historia tiene su punto final,
y como si fuéramos un minúsculo punto
de la superficie de un círculo,
que se moviese de contínuo,
regresamos al punto de partida
después de un viaje de aprendizaje.








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