Los ángeles impuros.

A mi querido amigo Ángel, ángel de la guarda de la Carolina, Jaén.

¿Recuerdas cuando en el autobús
de vuelta para Granada
me recomendabas
no abandonar
el curso
que estábamos haciendo
en aquel septiembre
de Madrid
de hace más de diez años?

Visto con perspectiva
fue una gran decisión,
un enorme paso adelante
hacia la independencia
y la libertad necesarias
dejando atrás
el estanque podrido
y macilento
que era mi imagen
de la Granada fragmentaria
que yo habitaba.

La gratitud hacia personas
concretas no evita
la reflexión ni la crítica
hacia la estructura
de la ciudad dormida.

Los ángeles impuros
hablan de pureza
cuando adolecen
de los males endémicos
de la ciudad enferma,
pero
se separan
del aroma
de la desidia,
de la indolencia,
de la endogamia,
del nepotismo,
de la apatía,
del infortunio
que en sus calles se respira,
de las cajas de pasteles
envueltas con papel y un lazo (*)
que se compran los domingos,
de la misa de siete
en la parroquia de San Matías.

Los ángeles impuros,
¿qué reprochan?

¿Qué impureza
no los hace puros,
qué pureza
no los hace impuros?

Junto a la muralla,
en los miradores en frente de la Alhambra,
en la Granada renacentista o romántica,
se les ve ahogar su mirada
y detenerla junto al escenario
que propone el paisaje,
el relieve de las escarpadas
montañas,
el retablo de las afueras.

Aquí en Madrid,
sólo hay ángeles impuros,
sólo hay ángeles puros,
y lo prefiero:
porque tanta impureza,
porque tanta pureza
no es real.

(*) Luis García Montero




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