A Paolo Sorrentino lo inculpaban por acoso sexual.

Los pálidos señores con las tazas de moca 
Hertha Müller

Era el mes de Enero y hacía frío en Roma. La avenida, donde los plataneros en otoño cambiaban el paisaje, estaba ahora desierta y los árboles estaban desnudos. Paolo Sorrentino, un humilde tendero de una tienda de ultramarinos en las afueras, salía de su portal con la bicicleta rumbo al trabajo. El Tiber yacía al otro lado del puente, íntimo e inmortal, testigo de tantos siglos de la historia que nadie nos había contado hasta la fecha pero en la que Paolo era sólo un punto minúsculo en un espectro que tendía hacia el infinito.
Por aquel entonces llegó un inspector de policía nuevo al barrio. De antepasados italianos, Herr Bachmann traía a su mujer y a su hija desde Kaiserslautern donde habían vivido quince años desarrollando su actividad profesional. Su mujer, Ingeborg, era traductora intérprete, novelista y escritora y Hertha, tenía apenas cuatro años.
Paolo era un hombre casado con tres hijos, de edades comprendidas entre los tres y los quince años. Asistía a la escuela nocturna vecinal para seguir con sus estudios de mecanografía y literatura en la escuela vecinal. Hertha y Sofia (que así se llamaba la hija de Paolo) asistían juntas al colegio. A la salida y a la entrada se paraban a jugar juntas y pronto se hicieron amigas. Paolo, al principio, era reticente al contacto con aquella mujer que le cautivaba nada más verla porque sabía que le costaba poner el freno y que era de entrega fácil. No era demasiado religioso, aunque guardaba ese código moral propio de los países confesionales. Ingeborg estaba segura de sí misma, y era amable, síntoma que no era del todo indicativo de una atracción hacia Paolo pero que dejaba entrever que no era del todo mal recibido.
A los primeras síntomas claros de un acercamiento, Paolo intentó lo que a todas luces podría ser una puesta en común pero Ingeborg no lo tenía claro y se pasaron un año entero de idas y venidas.
Cuando finalmente Herr Bachmann, como cazador que esperara a su presa detrás del árbol, consiguió las primeras muestras de los correos electrónicos que le enviaba Paolo a Ingeborg a altas horas de la noche, enfureció y sacó su pistola calibre 46.

Su mujer asustada y nerviosa, al mismo tiempo, lo detuvo y le propuso establecer una vía de escape antes de que cometiera un asesinato.
Podían encontrar una persona que aplacara aquella tensión sexual generada y darle carpetazo definitivo a aquella pseudohistoria de amor que pudo terminar con toda su isla de confort.
Philip Bachmann también argumentó que se podría hablar con un abogado y acusarle de acoso sexual. El único impedimento que había es que Paolo no utilizaba palabras groseras ni insinuaciones directas. Paolo enviaba poemas e invitaciones con las fórmulas de cortesía habituales en una persona humilde que se había forjado en las bibliotecas populares del barrio donde vivía.

Optaron por un plan secuencial: Primero encontraron al amante ideal.
Una vez apagado el fuego. Se dispusieron a hacer derrumbar la estatua metálica de Paolo.

Cuando caminaba por la via Enrico Fermi en pleno Trastevere, un coche de policía, lo aguardaba.
"¿Qué quiere Señor Agente? Los estaba esperando." Fueron las palabras de Paolo.
El agente respondió amablemente: "Sólo queríamos hacerle unas preguntas, Signore Sorrentino. "
"Acompáñenos a Comisaría", continuó el agente especial Giacomo Garibaldi.

Allí dentro le leyeron sus derechos pero no consiguieron totalmente inculparlo en el juicio que se celebró a la mañana siguiente. En la Piazza del Quirinale, había un aire gélido y antológico en aquella mañana de Febrero, pero Herr und Frau Bachmann abandonaron por la puerta de atrás los juzgados al declarar y a Paolo no se le encontraron pruebas suficientes para ir a la cárcel a cumplir ese delito de manera inmediata.

Paolo entonces se liberó de aquella pesadilla que se le cernía como una nubarrón sobre su cabeza antes de que se iniciara la tempestad y todo porque se había enamorado de Ingeborg y había intentado saltar todos los muros posibles, más allá de la convención.



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