Blind date
Cuando el aprendiz de Marcello Mastroianni salió del Metro en la estación de Ópera, Noviembre presentaba un día luminoso y el teatro de la Ópera presidía majestuoso la plaza de Isabel II. Enrico Einaudi, que así se llamaba nuestro protagonista, y que al ser presentado en primer plano lucía una vestimenta con chaqueta de pana, pelo aproximadamente bien peinado, y zapatos de caminar a diario, era carpintero de profesión, llevaba poco tiempo en Madrid y había estado intentando conseguir pareja. Había recorrido agencias matrimoniales, había viajado a Ucrania para conocer a alguna posible candidata, pero nada, porque Lugansk u Odessa no se parecían en nada a Palermo y hacía un frío insoportable. Palermo era una ciudad cálida con mar. Allí al terminar su trabajo en el taller por las tardes, tomaba la bicicleta todas las tardes e iba a la orilla del mar, se descalzaba y se remojaba los pies desnudos cansados de todo el día de trajín entre tablones y herramientas. Encendía un cigarro y fumaba mirando las olas cómo rompían contra las rocas o como los bañistas de entre semana respondían a las preguntas que se hacían los unos a los otros. Ese paraíso, se decía, era un paraíso cotidiano. No era demasiado bello, y estaba lleno de artificio. El hormigón y el cemento eran elementos comunes de la playa y del paseo marítimo pero la Naturaleza proponía su discurso con el olor a sal y la espuma, y los cuerpos de hombres y mujeres que yacían semidesnudos en acrobática postura sobre la arena.
Así se sentía nuestro Enrico al salir del Metro en la estación de Ópera. Se sentía observador de cuerpos de hombres y mujeres semidesnudos cuando él se disponía a llevar a cabo su primera blind date. Con su voz susurrante y obsequiosa, Karmen, lo había estado llamando en repetidas ocasiones en los últimos días y a Enrico, habitante contínuo de una isla llamada soledad, le parecía bien. Había aceptado ir a comer con ella. No había visto ninguna foto suya. Cuando vió a una mujer de cincuenta años, metida en carnes, con gafas oscuras saludándole desde el autobús 39, se sintió absolutamente decepcionado. Pensó en salir corriendo, pensó en decir : "Tierra, trágame" pero era demasiado tarde y él era un caballero. Tenía que efectuar la cita, y esbozar una excusa. En efecto, ambos se saludaron con los habituales dos besos. A Enrico, le dió grima besarla. No se trataba de desgana, y aquella mujer como todas las mujeres de este mundo merecía un respeto pero aquéllo era una encerrona, ella no había sido clara, él no deseaba estar en ese paraíso cotidiano que se parecía más a una pesadilla.
Comió su ensalada con la cabeza baja, mirando al plato y musitando monosílabos.
Construyó la coartada. Tenía cosas que hacer. Necesitaba marcharse. Pidió la cuenta.
Al salir del restaurante, Enrico salió caminando por la calle Arenal y se despidió de Karmen, intentando decir hasta siempre, pero ella utilizó la frase eufemística "seguiremos en contacto".
¿Qué contacto? Enrico empezó a echar de menos su Palermo natal, pero Madrid se abría en mil puertas que nada tenían que ver con aquella blind date.
Así se sentía nuestro Enrico al salir del Metro en la estación de Ópera. Se sentía observador de cuerpos de hombres y mujeres semidesnudos cuando él se disponía a llevar a cabo su primera blind date. Con su voz susurrante y obsequiosa, Karmen, lo había estado llamando en repetidas ocasiones en los últimos días y a Enrico, habitante contínuo de una isla llamada soledad, le parecía bien. Había aceptado ir a comer con ella. No había visto ninguna foto suya. Cuando vió a una mujer de cincuenta años, metida en carnes, con gafas oscuras saludándole desde el autobús 39, se sintió absolutamente decepcionado. Pensó en salir corriendo, pensó en decir : "Tierra, trágame" pero era demasiado tarde y él era un caballero. Tenía que efectuar la cita, y esbozar una excusa. En efecto, ambos se saludaron con los habituales dos besos. A Enrico, le dió grima besarla. No se trataba de desgana, y aquella mujer como todas las mujeres de este mundo merecía un respeto pero aquéllo era una encerrona, ella no había sido clara, él no deseaba estar en ese paraíso cotidiano que se parecía más a una pesadilla.
Comió su ensalada con la cabeza baja, mirando al plato y musitando monosílabos.
Construyó la coartada. Tenía cosas que hacer. Necesitaba marcharse. Pidió la cuenta.
Al salir del restaurante, Enrico salió caminando por la calle Arenal y se despidió de Karmen, intentando decir hasta siempre, pero ella utilizó la frase eufemística "seguiremos en contacto".
¿Qué contacto? Enrico empezó a echar de menos su Palermo natal, pero Madrid se abría en mil puertas que nada tenían que ver con aquella blind date.
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