El lector amigo

Me moriría de vergüenza si no tuviera enemigos Eduardo Galeano 

El lector amigo
no necesita explicaciones,
es más: no las pide,
se limita a escuchar
como si todo formara
parte de un puzzle cotidiano,
y conoce la lógica,
conoce los senderos,
casi no existe la sorpresa para él o ella,
este poema no tiene pérdida.
Se dibuja una sonrisa en su rostro,
mezcla de complicidad y amistad larga.
Conoce de los episodios de frustración,
de la maledicencia de las gentes,
del veneno que acarrea un sucio adiós.

Para el lector no tan amigo,
que se extraña por el contexto,
que permanece escéptico ante el transcurso
de los acontecimientos,
le haría falta tal vez un poco más
de conocimiento
de las circunstancias vitales y existenciales
de Marlene y de tantos otros personajes
como el de Bienvenido Poza Latorre o el de Monsieur Dubois
o el acceso de Robinson Urbano
con el permiso de Antonio Muñoz Molina.

Para el lector enemigo,
antagonista en la sombra o a la luz del día,
lo mío es crónica de una devastación,
de una catástrofe
propia moral y espiritual,
que es una envidia clara,
cuando yo sólo envidié alguna vez
a la belleza de un paisaje.

Pero me moriría de vergüenza como dice
el maestro uruguayo si no tuviera
lectores enemigos
que hablan de la decadencia
de este pequeño imperio de palabras
que no llega a ser parecido al romano.

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