Días de hielo y escarcha

Días de hielo y escarcha en el suelo.
Madrid rectilínea y geométrica.
Descampados y grandes oficinas.
Veinteañeros que fuman cigarrillos americanos
con aire neoyorquino y despreocupado.
Nadie conoce a nadie
pero, sin embargo,
todos y todas actúan
en un negocio que parecen conocer bien,
maestros y maestras de la pose y de la mentira,
de la venta de humo al por mayor,
conscientes
de su posición de privilegio
en la madre patria.
Representando este papel
de advenedizos a un trono de aire,
van estos aspirantes a príncipes y princesas
de la tecnología,
desprovistos
de la más mínima ética profesional.
Si Nureyev hubiera sido español,
le habrían criticado
por no apoyar firmemente
a la fortaleza del sistema,
y habrían interpretado su grito de libertad
tras los gendarmes franceses
como un patético acto
propio de alguien de su orientación sexual.

Días de hielo y escarcha
en barrios nuevos de arquitectura impersonal.
Nuestras palabras
tienen su correspondiente código de barras
y pueden ser compradas o desechadas
por inservibles.

La chica que sonríe distraída
tras su aire de alumna de Harvard
rescata su acento de Usera
y reniega
de la calle Antonio López
porque la Castellana
es un mejor lugar
donde progresar materialmente.

Un arbolito yace en un descampado.
Un carrusel
de barrio espera a los niños y niñas
en la tarde de invierno.
Nadie se monta en él.

La primavera
traerá la risa de sus mágicas
presencias
en un lugar
que hace mal sus cuentas
y prefabrica la vida.

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