Jonás, el emperador en el patio.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

El niño yuntero, Miguel Hernández 

Es un clásico. 
Niños y niñas como Jonás
existen en todas las escuelas. 

Nacen de la carencia, 
son carne de cañón, 
la ciudad los utiliza 
como mulas de carga
y en sus casas 
son tratados 
con el poco amor 
que el hierro cotidiano
está dispuesto a dar. 

Cuando llegan a la escuela,
con la autoestima 
por los suelos,
reclutan un ejército 
de pérfidos seguidores 
que esperan ganar 
el trono del emperador. 

Porque ya se establece la jerarquía 
y, como es el niño que trae la pelota,
él dispone
las reglas del juego,
inventa reglas nuevas 
para rendir culto 
a su maltrecho ego. 

Tarjetas amarillas,
pasos para que le dejen avanzar,
patadas sin sanción, 
tiros desde el centro de la pista 
totalmente arbitrarios,
y todos obedecen a regañadientes 
a su lógica de andar por casa. 

Han asumido o no,
porque existe el mecanismo de la puesta en común,
de proponer reglas nuevas a su juego,
sin interrupciones,
de este emperador en el patio.  

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