Un bello berlinés

[Hay versos que nacen de la más pura ironía]

La noche es amplia
y la realidad mueve sus hilos .
De repente, me encuentro
con un bello berlinés
con el que intercambiar unas palabras
del poco alemán que sé.
Su conversación es larga
y hablamos de países,
de hermosas ciudades,
como Firenze, Berlín y Roma,
de la música, de la ópera, de la literatura
alemana que conozco:
A Goethe, con su Faustus
vendiendo su alma a Lucifer, a Thomas Mann
con su Der Tod in Venedig,
y suena presuntuoso
compararnos con tales personajes...
Peer, que es su nombre,
no es Aschenbach ni yo soy Tadzio,
una suerte de efebo
al que admirar
mientras la enfermedad
cala profunda en la sangre
al igual que el vino antíguo
se escancia
sobre la efímera jarra
que irá a traspasar
los vasos y las copas futuras.

Madrid no es Venecia
pero es un monumental desierto,
y unas palabras amables
me traen nostalgias.
Él me trae promesas de templos egipcios
y jardines de palacios reales.

Ya sé... Peer cambió el gesto
cuando me oyó hablar de mujeres
pero
es que era inevitable.

Sin embargo,
nuestra amistad
es firme y no le haré ningún daño.

En mí tiene un amigo.



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