Y que la tarde decida

Ven a pasear conmigo
por estas calles sucias
y deterioradas,
mancilladas por el paso del tiempo
y la decrepitud
de una civilización
que agoniza tras el umbral
del nuevo siglo.

Y que la tarde decida,
y que la realidad se imponga,
como un orador u oradora
que convenciera
sin utilizar algún altar improvisado.

Escribiremos juntos la historia
y nadie será más que nadie,
y no habrá papel protagonista ni secundario,
aunque siempre me fascinaron
esos personajes transversales y
que parecieran marginados,
en las novelas de Marsé,
de Vázquez Montalbán,
en las crónicas de Muñoz Molina sobre el robinson urbano.

Porque no hay más gloria,
que resistir el paso del tiempo,
con cabeza alta,
y el gesto estoico.

Porque
no hay más tristeza
que ser avasallado
por ejércitos de estúpidos
que creen
que no han de ser contestados.

Y entonces... ¿Qué haremos?

Confrontar con el mejor de los argumentos.

Dibujaremos la tarde
sobre el lienzo
del presente,
y revisaremos
el cromatismo de la luz del atardecer
sobre un cielo que Madrid
propone
en el mirador del templo de Debod.

Egipcios atardeceres,
pirámides de cartón
y barrios antíguos.

Asfalto, contínuo asfalto, y jardines
mezcla de estercolero,
y públicas verdades.

La rosa y el clavel se asoman
tímidamente.

La noche se abre
y el perfume de una palabra
completa el verso.




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