Las lealtades según Juan Merino
En la tierra granadina,
la lealtad escasea.
Por ello,
muchos y muchas no se deben extrañar
de que por allí no aparezca demasiado
Juan Merino.
Lejos de querer esbozar su autobiografía
pues este ejercicio sería un acto perverso,
podemos contar en breves palabras
cómo se siente nuestro protagonista
en la ciudad
que otrora habitaran,
pueblos de allí y de acá,
íberos, fenicios, romanos,
almorávides, nazaríes y castellanos
y en su relación
con su tribu.
Cada año vuelve
a repasar con sus familiares
la crónica de lo sucedido.
El padrino que el sacramento del bautismo
le otorgó aprovecha la ocasión
para medir fuerzas y hablar de política.
En los búnkeres reaccionarios,
es bien sabido
que el pensamiento único aflora
y a Juan le da la risa
pero, en el fondo,
siente tristeza
porque su relación adulta
con una referencia de la infancia
es de manifiesta lejanía.
Incluso ya no le gustan sus bromas.
Es más,
nunca le gustaron.
Porque sus bromas incluían la burla,
el irrespeto, la vejación.
Votar a partidos políticos diferentes es una mera anécdota.
El problema es más hondo. Es una cuestión de pura lealtad.
Algo que, según Juan Merino, sólo hubo en cuestión
económica.
¿Quién te sorbió el seso, querido padrino?
¿Qué injusta moral te impusieron para que te convirtieras
en cacique y en amo?
¿Fuíste así de siempre?
Los paraísos
y los jardines
buscan murallas
y se blindan con inmovilismo y endogamia.
Adiós estanque, adiós acequia, adiós Granada.
La sangre que encontré bajo el granado
era de Juan Merino.
Sólo las alamedas lo recuerdan
en su diálogo íntimo con el río.
la lealtad escasea.
Por ello,
muchos y muchas no se deben extrañar
de que por allí no aparezca demasiado
Juan Merino.
Lejos de querer esbozar su autobiografía
pues este ejercicio sería un acto perverso,
podemos contar en breves palabras
cómo se siente nuestro protagonista
en la ciudad
que otrora habitaran,
pueblos de allí y de acá,
íberos, fenicios, romanos,
almorávides, nazaríes y castellanos
y en su relación
con su tribu.
Cada año vuelve
a repasar con sus familiares
la crónica de lo sucedido.
El padrino que el sacramento del bautismo
le otorgó aprovecha la ocasión
para medir fuerzas y hablar de política.
En los búnkeres reaccionarios,
es bien sabido
que el pensamiento único aflora
y a Juan le da la risa
pero, en el fondo,
siente tristeza
porque su relación adulta
con una referencia de la infancia
es de manifiesta lejanía.
Incluso ya no le gustan sus bromas.
Es más,
nunca le gustaron.
Porque sus bromas incluían la burla,
el irrespeto, la vejación.
Votar a partidos políticos diferentes es una mera anécdota.
El problema es más hondo. Es una cuestión de pura lealtad.
Algo que, según Juan Merino, sólo hubo en cuestión
económica.
¿Quién te sorbió el seso, querido padrino?
¿Qué injusta moral te impusieron para que te convirtieras
en cacique y en amo?
¿Fuíste así de siempre?
Los paraísos
y los jardines
buscan murallas
y se blindan con inmovilismo y endogamia.
Adiós estanque, adiós acequia, adiós Granada.
La sangre que encontré bajo el granado
era de Juan Merino.
Sólo las alamedas lo recuerdan
en su diálogo íntimo con el río.
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