Todos quieren viajar a Nueva York

Todos quieren viajar a Nueva York,
beber un Cosmopolitan,
hacerse unas fotos delante del Rockefeller Center
cuando es invierno,
divisar el puente de Brooklyn,
o caminar por el Central Park
en pleno otoño
en un mar de hojas que caen de los árboles
y forman un paisaje propio
de un cuadro,
ir a las antíguas librerías
y perderse por sus autores.

Casi todos tienen un pariente que vive allí.
Han visto imágenes propias
de un prospecto de viajes,
o en el cuaderno de bitácora
de un casi marinero.
Recrean los golden years del american dream,
los años de la caza de brujas del senador McCarthy,
del país de la libertad y de la plutocracia.
En Nueva York,
y en cualquier ciudad estadounidense,
la bondad de las gentes,
la honradez y su capacidad de trabajo
contrastan severamente con la incompetencia
de sus gobernantes.
Emperadores romanos trasnochados
venidos en su mayor parte, allende
los mares, de las grandes metrópolis
europeas.
Pero todos desean viajar
a la tierra de las franquicias,
de los eslóganes,
y las grandes editoriales,
donde Zeus es un señor con sombrero
que señala con el dedo
y dice ser familiar.




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