El matrimonio Kovacevic
Tómese esta historia con un cierto humor balcánico... BRAVO!
Jeanne y Filip vivían en Zagreb. Eran un matrimonio modélico de esos que salen en las revistas pero la infancia de ambos no había transcurrido por senderos demasiado luminosos... Jeanne vivía en un hogar de las afueras, sufriendo la soledad de ser hija única, víctima de una relación de pareja fracasada entre un obrero del metal amante del alcohol y su pareja, una mujer insegura y con un fuerte componente católico que implicaba una vida estricta en lo moral y en lo coercitivo de cara a la educación de la pequeña.
Con estos precedentes, allá por la adolescencia fue a dar con Filip, un alto mocetón, hijo también de un navío llamado familia que se había hundido en el río Sava. Su madre, ingeniera de profesión, había sido abandonada por su padre, un trabajador alemán que había regresado a Stuttgart con su amante de toda la vida. El pobre Filip había pasado su infancia y su adolescencia sin la figura paterna, en su relación de amor-odio con Alemania.
Cuando terminó sus estudios decidió marchar a Hamburgo a trabajar en la agencia espacial europea diseñando cohetes. Jeanne le acompañó y allí fueron felices mientras ella terminaba sus estudios en filosofía y aprendía el alemán en el Instituto Goethe.
Quince años después, Jeanne y Filip como sacados de un fotograma de película aterrizaban en Madrid, Aeropuerto Adolfo Suárez, llamado así por aquel encantador personaje propio de las obras de teatro de Arniches, que tanto decía puedo prometer, y prometo...
Los comienzos en Madrid no fueron sencillos pero Jeanne era una persona tenaz y trabajadora. Comenzó a vivir la dolce vita, con un curso financiado por la empresa de su marido y jugando al volleyball con un grupo que conoció por internet en Vallecas, el Barrio del Pilar, y Canillejas.
En uno de los intercambios de idiomas a los que asistía el matrimonio Kovacevic conocieron a Pavel Ivanenko, un ucraniano que llevaba media vida en Madrid. Ella trabó rápido contacto con Pavel, y éste hacía las veces de cicerón de la ciudad, acompañándola a museos y yendo a almorzar con ella. Hasta ahí nada punible. Ni siquiera una historia de amor, pero era ese tipo de persona que necesita ser escuchada que necesita que su razonamiento sea compartido con algún otro ser planetario, ¡qué cuestión tan rara! ¡A ésto creo que le llaman soledad!
Un buen día, frente a un conflicto con su conciencia y, por ende, con el estrato superior llamado super-ego, Jeanne decidió extirpar al compañero ucraniano de su mapa existencial y, para ello, lo citó en un bar al anochecer pero ella no se presentó.
Este malentendido que podría ser excusable, no tenía mucha excusa porque Pavel había hecho lo propio pero habiéndolo notificado con tiempo en días anteriores.
Su negativa a no prestarle una cantidad ínfima de dinero, y su apoyo al holocausto palestino hicieron que Pavel pensara que aquélla no era el tipo de amistad que deseaba frecuentar, entonces le dijo más de una vez que aquella amistad no merecía la pena. Tras el último intento de recontactar, Jeanne recomendó un terapeuta y Pavel aceptó que ya iba a uno...
Finalmente, tras la última llamada telefónica en su buzón de voz, sin exabruptos ni malas palabras, Pavel le dijo a Jeanne que era "egoísta y mala persona".
El matrimonio Kovacevic se personó en la comisaría más cercana a tramitar la denuncia correspondiente por acoso y amenazas.....
Ante ello, sólo queda decir... ¡Bravo por su capacidad de comprensión!
Jeanne y Filip vivían en Zagreb. Eran un matrimonio modélico de esos que salen en las revistas pero la infancia de ambos no había transcurrido por senderos demasiado luminosos... Jeanne vivía en un hogar de las afueras, sufriendo la soledad de ser hija única, víctima de una relación de pareja fracasada entre un obrero del metal amante del alcohol y su pareja, una mujer insegura y con un fuerte componente católico que implicaba una vida estricta en lo moral y en lo coercitivo de cara a la educación de la pequeña.
Con estos precedentes, allá por la adolescencia fue a dar con Filip, un alto mocetón, hijo también de un navío llamado familia que se había hundido en el río Sava. Su madre, ingeniera de profesión, había sido abandonada por su padre, un trabajador alemán que había regresado a Stuttgart con su amante de toda la vida. El pobre Filip había pasado su infancia y su adolescencia sin la figura paterna, en su relación de amor-odio con Alemania.
Cuando terminó sus estudios decidió marchar a Hamburgo a trabajar en la agencia espacial europea diseñando cohetes. Jeanne le acompañó y allí fueron felices mientras ella terminaba sus estudios en filosofía y aprendía el alemán en el Instituto Goethe.
Quince años después, Jeanne y Filip como sacados de un fotograma de película aterrizaban en Madrid, Aeropuerto Adolfo Suárez, llamado así por aquel encantador personaje propio de las obras de teatro de Arniches, que tanto decía puedo prometer, y prometo...
Los comienzos en Madrid no fueron sencillos pero Jeanne era una persona tenaz y trabajadora. Comenzó a vivir la dolce vita, con un curso financiado por la empresa de su marido y jugando al volleyball con un grupo que conoció por internet en Vallecas, el Barrio del Pilar, y Canillejas.
En uno de los intercambios de idiomas a los que asistía el matrimonio Kovacevic conocieron a Pavel Ivanenko, un ucraniano que llevaba media vida en Madrid. Ella trabó rápido contacto con Pavel, y éste hacía las veces de cicerón de la ciudad, acompañándola a museos y yendo a almorzar con ella. Hasta ahí nada punible. Ni siquiera una historia de amor, pero era ese tipo de persona que necesita ser escuchada que necesita que su razonamiento sea compartido con algún otro ser planetario, ¡qué cuestión tan rara! ¡A ésto creo que le llaman soledad!
Un buen día, frente a un conflicto con su conciencia y, por ende, con el estrato superior llamado super-ego, Jeanne decidió extirpar al compañero ucraniano de su mapa existencial y, para ello, lo citó en un bar al anochecer pero ella no se presentó.
Este malentendido que podría ser excusable, no tenía mucha excusa porque Pavel había hecho lo propio pero habiéndolo notificado con tiempo en días anteriores.
Su negativa a no prestarle una cantidad ínfima de dinero, y su apoyo al holocausto palestino hicieron que Pavel pensara que aquélla no era el tipo de amistad que deseaba frecuentar, entonces le dijo más de una vez que aquella amistad no merecía la pena. Tras el último intento de recontactar, Jeanne recomendó un terapeuta y Pavel aceptó que ya iba a uno...
Finalmente, tras la última llamada telefónica en su buzón de voz, sin exabruptos ni malas palabras, Pavel le dijo a Jeanne que era "egoísta y mala persona".
El matrimonio Kovacevic se personó en la comisaría más cercana a tramitar la denuncia correspondiente por acoso y amenazas.....
Ante ello, sólo queda decir... ¡Bravo por su capacidad de comprensión!
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