Los Simulacros de amor en ciudades desérticas

También nos valen
los simulacros de amor en ciudades desérticas.
Porque al final
nuestra alma nómada
se refugia,
de la misma manera,
tras las soportales de una plaza
céntrica
o tras las dunas
de un día gris

en calles poligonales
y edificios azules
como neones de escaparates
de comercios antíguos
ya cerrados
cuando la noche
inaugura
su pacto
con Mefistófeles

y en la calle
sólo hay sirenas
tóxicas a sueldo

que dicen
ven, guapo
sin mirarte a los ojos

con el rimel mal puesto
tras la última intervención
para salvar a otra alma en pena

patético mundo y ...

frente a ésto
no merece la pena
jugar a ese juego
de comprar una cama
pues además
de ser denigrante
tiene escaso mérito

sin embargo,
merece la pena

ablandar el hierro
de la madrugada
con la osadía
de otro verso
que se
yergue como candidato
contra la desidia

y no llamar a un taxi
sino darse la caminata


hasta el barrio que nos ha visto
como recién llegados

portar la maleta,
el traje nuevo y la recién estrenada camisa.

Porque hay simulacros de amor
en ciudades desérticas
mujeres y hombres libres
que se aman
a dentelladas
o caminan
por barrios nuevos
junto al río
sin pararse demasiado a pensar
de dónde viene Madrid
o cuál es el siguiente
tratado que leer sobre antropología.

La vida es un viaje
en el que no hay billete de regreso
y en el que las almas
deambulan
consciente o inconscientemente
hasta el final de sus días,
mirando siempre hacia la siguiente
alegría que les espera.


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