No pretendo convencer a propios y a extraños

No pretendo convencer a propios y a extraños.
Porque ya no sé quiénes son los propios
y quiénes los extraños.
Quiénes beben
del tibio y dulce brebaje
de la difamación
y creen
a piés juntillas
las verdades fabricadas
para unir acto y convención
para no dibujar fuera del círculo
que el tabú propone.
Porque los hechos se explican
por sí mismos
y hay ideas útiles
que sirven
para que Madame escape
por la recta tangente que corta
a la curva por un punto.
¿Qué es acaso toda esa teoría
de la persecución y del acoso
que Monsieur lentamente auspició
y que Madame en público
no rechazó
para expulsar de un golpe
todos los males que acaecían?
Las derivas personales
no se combaten con palabras.
Cada cual llegó hasta el punto
que venía dado por su propia tendencia.
El presente
es esa estación de tren
desde la cual
embarcamos
libres de toda carga del pasado.
Llegué a amar un idioma
porque creí que un idioma me amaba.
Llegué a amar un país
porque creí que un país me amaba.
Llegué a amar a una mujer
porque creí que esa mujer me amaba.
Cuando veo la huella de un amor no correspondido,
me causa tristeza
pero ya no puedo hacer nada.
Y entonces el idioma, el país y la mujer
son agua de una lluvia fría y pasada.


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