Oración nocturna en la Gran Vía y aledaños
Esta noche he visto a Dios por la Gran Vía.
Llevaba una gabardina verde,
sus cabellos eran grises y
su larga barba adornaba
el clásico prototipo
de aparición.
Junto al edificio de la Telefónica,
se apostaban
prostitutas venidas de cualquier parte del mundo,
y tras ellas, la miseria de este mundo
que se traslada a las redes que las traen
como si fueran mercancía,
ratificando el abuso
que la civilización realiza contra las Mujeres.
Tras esta plegaria,
otro edificio,
el de Schweppes,
nos refresca con su sabor amargo,
y nos adentramos por la zona de Santo Domingo,
formado por una telaraña de calles intrincadas,
pasadizo lóbrego,
trastienda de la metrópoli,
que se arremolinan hasta llegar al teatro de la Ópera,
que luce majestuoso en pleno Madrid de los Austrias.
Los jardines de Sabatini, nos aguardan tras la Plaza de Oriente,
donde reyes castellanos nos saludan desde
su posición en la piedra.
Pero en la noche, no son más que una serie de luces
equidistantes,
que apenas significan algo.
Volver tras Schweppes y Telefónica,
y tomar el curso
de la calle Hortaleza,
donde travestidos
nos sonríen
con sus histriónicas miradas,
y colocan el adjetivo calificativo tras una invitación.
Alonso Martínez cambia el escenario
y Ruben Darío habla de taxistas
que se paran ante un semáforo
mientras transexuales
ofrecen un precio.
En el scalextric que forma la castellana,
he visto nombres de grandes empresas
y la ciudad parece una oficina
de la que extraer un informe.
Llevaba una gabardina verde,
sus cabellos eran grises y
su larga barba adornaba
el clásico prototipo
de aparición.
Junto al edificio de la Telefónica,
se apostaban
prostitutas venidas de cualquier parte del mundo,
y tras ellas, la miseria de este mundo
que se traslada a las redes que las traen
como si fueran mercancía,
ratificando el abuso
que la civilización realiza contra las Mujeres.
Tras esta plegaria,
otro edificio,
el de Schweppes,
nos refresca con su sabor amargo,
y nos adentramos por la zona de Santo Domingo,
formado por una telaraña de calles intrincadas,
pasadizo lóbrego,
trastienda de la metrópoli,
que se arremolinan hasta llegar al teatro de la Ópera,
que luce majestuoso en pleno Madrid de los Austrias.
Los jardines de Sabatini, nos aguardan tras la Plaza de Oriente,
donde reyes castellanos nos saludan desde
su posición en la piedra.
Pero en la noche, no son más que una serie de luces
equidistantes,
que apenas significan algo.
Volver tras Schweppes y Telefónica,
y tomar el curso
de la calle Hortaleza,
donde travestidos
nos sonríen
con sus histriónicas miradas,
y colocan el adjetivo calificativo tras una invitación.
Alonso Martínez cambia el escenario
y Ruben Darío habla de taxistas
que se paran ante un semáforo
mientras transexuales
ofrecen un precio.
En el scalextric que forma la castellana,
he visto nombres de grandes empresas
y la ciudad parece una oficina
de la que extraer un informe.
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