Querida ausente (CXLIII)
Querida ausente:
Y de tu diáfano recuerdo,
sólo cabe una sonrisa.
A la salida del trabajo, he rescatado
la imagen
que esperaba
tras el silencio
del arroyo seco y macilento.
Tras los lentos árboles,
sonoros tranvías,
recorren la urbe
y pasajeros
revisten la geografía de provincias,
con su anticuado esplendor.
Parece que este lugar
hubiera detenido los relojes,
y por si fuera una idea prestada,
los hubiera
arrinconado
en armarios caducos.
Y de tu diáfano recuerdo,
sólo cabe una sonrisa,
y hay un jardín que invita al descanso
y un banco vacío que lleva nuestro nombre,
y una tarde de pesquisas,
de axiomas que mutan
y de tibias palabras,
donde el susurro
es algo más que un fragmento
de una armonía,
donde lo que no se dice,
lo innombrable
es lo más importante.
Te esperaré allá donde la noche
sea un laberinto resuelto,
y en tu mirada
me miraré, una vez más,
y caminaré
por tus senderos
con tu consentimiento,
caminante
con antorcha y admirador de la luz
del alba.
Y de tu diáfano recuerdo,
sólo cabe una sonrisa.
A la salida del trabajo, he rescatado
la imagen
que esperaba
tras el silencio
del arroyo seco y macilento.
Tras los lentos árboles,
sonoros tranvías,
recorren la urbe
y pasajeros
revisten la geografía de provincias,
con su anticuado esplendor.
Parece que este lugar
hubiera detenido los relojes,
y por si fuera una idea prestada,
los hubiera
arrinconado
en armarios caducos.
Y de tu diáfano recuerdo,
sólo cabe una sonrisa,
y hay un jardín que invita al descanso
y un banco vacío que lleva nuestro nombre,
y una tarde de pesquisas,
de axiomas que mutan
y de tibias palabras,
donde el susurro
es algo más que un fragmento
de una armonía,
donde lo que no se dice,
lo innombrable
es lo más importante.
Te esperaré allá donde la noche
sea un laberinto resuelto,
y en tu mirada
me miraré, una vez más,
y caminaré
por tus senderos
con tu consentimiento,
caminante
con antorcha y admirador de la luz
del alba.
Comentarios
Publicar un comentario