Querida ausente (CXXXV)

Querida ausente:

La tarde lucía primaveral
y la calle Alfonso I
estaba pletórica
ante tan regio
nombre.

La Plaza Paraíso
recordaba a su nombre
y a las flores en los bulevares
hablaban de historias de viandantes
que solos o acompañados emprendían
su travesía por calles más o menos demandadas.

Sobre el tablero,
algunas piezas colocadas
y en el reloj
la hora de acordarme de tí,
en esta ciudad que recuerda a otro tiempo,
donde las gentes
caminan lentamente,
aman, y se regocijan
ante la sombra de los tilos,
o en los pabellones del museo de ciencias naturales.

Tras las calles,
la crónica de un solitario
como yo,
un compañero que viene
huyendo como un fugitivo de Madrid,
con sus historias de padre separado
con hijos ya adolescentes
desde
la gran ciudad inolvidable .

La vida continúa y yo sigo la senda,
alabando, alabándote,
desde la distancia que no alcanzo,
desde el verso que acabo de terminar.

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