Querida ausente (CXLIX)

Querida ausente:

En el refugio de la tarde,
la ciudad no reparte sueños
pero yo los construyo
por el clásico yo idealizado
que fomenta ese narcisismo
de la carencia
que invoca al hedonismo
y se proyecta
en tu espejo
en un afán de supervivencia.

Pero antes,
tengo que decirte
lo mucho
que deseo
recorrer
estas calles
castigadas
por el verano
recién llegado
y escuchar la brisa
golpear
contra los árboles
en la ribera del Ebro,
sentarme junto a tí en un banco
y conversar
sobre lo divino y lo terreno,
contemplar edificios,
observar cuadros,
leer sobre el arte mudéjar
y reir sobre historias.



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