A una mujer maltratada
Martillo y Yunque entran en el vagón de tren del herrero
y el artesano los mira.
El primero, déspota y altivo,
con su verbo
incontestable,
su adjetivo que hiere,
su sustantivo
que humilla.
El segundo, acostumbrado
a ese silencioso
porvenir
que le es conferido
a los relegados.
Para el martillo,
golpear es su sino.
Impera arrogante
y el yunque
se inclina
con religiosa vocación.
En una noche de invierno,
el martillo revienta el yunque
y el artesano
lo tira al río.
Camina presuroso
y reposa. Mientras llora,
se sienta en un banco de piedra
en una plaza
rodeada de reyes castellanos.
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