La Sevilla que ignoro

La Sevilla que ignoro
es la que deseo conocer.
He caminado alguna vez,
por los jardines de Murillo,
y he escuchado el rumor de las fuentes.
¡Una Sevilla así es la que me conmueve!
La Sevilla que me causa rechazo
habla de cortijo y alabarda,
toque de corneta y señor montado a caballo
con abrigo de mantón y un sombrero cordobés.
La señorial Sevilla,
de patios y jardines privados
donde las cancelas
tienen zarzas que no invitan
a penetrar al forastero.
La patriótica Sevilla,
de golpe de pecho, viva al Rey, viva el Dictador y sagrario,
bastión familiar inexpugnable e indecible,
¡que se caga en todo lo que defiende después en el Rocío!

Queipo de Llano mandando asediar al
incienso, a la procesión
y a que todos salgan en semana santa de truenos vestidos de nazareno
y camareras de la Virgen.

Cernuda abre la veda,
y salta la perdiz
entre los versos.
Disparamos con palabras
de calle Betis, y atardecer sobre el puente de Triana,

postal que enviar a las amistades,
tópico de geografía ciudadana.
Musicalmente
y, por siempre,
observamos la Giralda,
torre y vigía,
junto al Guadalquivir
que se ensancha.
Parque de Maria Luísa,
plaza de España,
barrio de Santa Cruz,
con sus paredes encaladas.

¡No son sus lugares comunes
lo que ignoro!

Lo que ignoro es la Sevilla que deseo conocer,
la que
está más allá de las fachadas,
de las gentes
que me invitan a sacudirme el albero
de los zapatos cuando tomo el tren,
rumbo a Madrid.

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