El cuento del junco llamado Jacinto
En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Albert Camus
Érase una vez un junco llamado Jacinto, hijo de un jacinto y de un junco de la ribera. De niño aprendió a bailar con la suave brisa del estío, cuando el sol arrojaba briznas doradas en atardeceres y sus demás compañeros le animaban haciéndole palmas para que se moviera con más energía, describiendo bellos círculos y envolviéndose en geometrías diferentes.
De repente, vino el otoño y su casa se llenó de charcos y agua a raudales. Los árboles cambiaban los colores de sus hojas y la música que rodeaba era la del discurso de la lluvia entre los carriles cienagosos donde los montones de leña se apilaban en diferentes puntos para ser llevados a las fábricas de muebles por los porteadores.
Jacinto entonces se entristecía al ver que el cielo lloraba pero seguía bailando pues ésta era su forma de resistir el inexorable paso del tiempo.
Bailaba por el simple hecho de bailar y no le movía el hecho de ser aplaudido ni de querer salir en un espectáculo de Broadway donde lucirse en grado sumo.
Sus familiares y amigos lo amaban como si el largo abrazo nunca acabara.
El invierno lo hizo temblar y hasta estremecerse, pero ni siquiera las escasas fuerzas de las que adolecía en esa época del año, ni los consejos de rendirse que le daban sus mayores eran escuchados. Jacinto seguía bailando porque comprendió que no había otra forma de combatir que dejando que el verano invada la estación fría y sus compañeros y amigos le siguieron en otro largo abrazo interminable.
Cuando llegó la primavera, la ribera lucía más hermosa que nunca. Los árboles se habían llenado de hojas de nuevo, las aves habían regresado de su exilio en el sur y cantaban canciones hasta entonces desconocidas por aquellas latitudes.
Jacinto bailaba y ya creo que bailaba, ¡requetebailaba! y lo hacía francamente bien.
Las mariposas y los animales que poblaban aquellos parajes
lo seguían e improvisaban lentas coreografías para hacer eterno el largo y profundo abrazo.
La primavera era éxtasis y ternura y se despedía del largo invierno colocando a Jacinto, el bailarín entre las junqueras, como el eterno combatiente contra la desgana y la desidia.
Érase una vez un junco llamado Jacinto, hijo de un jacinto y de un junco de la ribera. De niño aprendió a bailar con la suave brisa del estío, cuando el sol arrojaba briznas doradas en atardeceres y sus demás compañeros le animaban haciéndole palmas para que se moviera con más energía, describiendo bellos círculos y envolviéndose en geometrías diferentes.
De repente, vino el otoño y su casa se llenó de charcos y agua a raudales. Los árboles cambiaban los colores de sus hojas y la música que rodeaba era la del discurso de la lluvia entre los carriles cienagosos donde los montones de leña se apilaban en diferentes puntos para ser llevados a las fábricas de muebles por los porteadores.
Jacinto entonces se entristecía al ver que el cielo lloraba pero seguía bailando pues ésta era su forma de resistir el inexorable paso del tiempo.
Bailaba por el simple hecho de bailar y no le movía el hecho de ser aplaudido ni de querer salir en un espectáculo de Broadway donde lucirse en grado sumo.
Sus familiares y amigos lo amaban como si el largo abrazo nunca acabara.
El invierno lo hizo temblar y hasta estremecerse, pero ni siquiera las escasas fuerzas de las que adolecía en esa época del año, ni los consejos de rendirse que le daban sus mayores eran escuchados. Jacinto seguía bailando porque comprendió que no había otra forma de combatir que dejando que el verano invada la estación fría y sus compañeros y amigos le siguieron en otro largo abrazo interminable.
Cuando llegó la primavera, la ribera lucía más hermosa que nunca. Los árboles se habían llenado de hojas de nuevo, las aves habían regresado de su exilio en el sur y cantaban canciones hasta entonces desconocidas por aquellas latitudes.
Jacinto bailaba y ya creo que bailaba, ¡requetebailaba! y lo hacía francamente bien.
Las mariposas y los animales que poblaban aquellos parajes
lo seguían e improvisaban lentas coreografías para hacer eterno el largo y profundo abrazo.
La primavera era éxtasis y ternura y se despedía del largo invierno colocando a Jacinto, el bailarín entre las junqueras, como el eterno combatiente contra la desgana y la desidia.
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