Las lealtades según Juan Merino (4)
Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va
Sevillana
La lealtad es algo más que una mera intención de pertenencia, el seguimiento de una amistad, o un principio de camaradería.
En la historia personal de Juan Merino, había habido grandes referentes. Uno de ellos, era su padrino. Alguien que traía regalos espléndidos y que lo llevaba a mil sitios, pero que le dejaba frío el corazón como cuando jugaba a ser padre y le regañaba mientras Juan miraba la luz naranja del sodio en las farolas de la barriada de Cartuja viniendo de Alfacar. O cuando sin venir a cuento, no investigaba demasiado las acusaciones contra él vertidas en fiestas familiares y le reprendía porque sí. Hay fue cuando Juan empezó a plantearse qué rito iniciático precede a la lealtad, qué forma tienen los sueños con forma de caballo llamado Lucero cuando no vienen acompañados y refrendados en el gris acero de la cruenta realidad.
Alfredo Merino, que era el nombre del tío de Juan, tenía un gran amigo alemán llamado Heinrich Müller. Herr Müller era técnico de radio y se había nacionalizado español, por su afición a la Alpujarra, y por el creciente amor al vino de la Contraviesa, y a los roscos de Loja. En la vida de Müller cabía advertir su pesimismo histórico, su amor confesable por los bares de Granada, y su catequesis cotidiana en los cafés a amigos y amigas, propios y extraños, sobre la música y la construcción de instrumentos musicales. Pero la tormenta se cirnió sobre él cuando Gertrud Lampe, su novia de toda la vida, se fué con un actor de teatro itinerante, de ésos que decían realizar una misión ejemplificadora en el contenido y en la forma. Heinrich siempre había sido un escéptico de los que en apariencia eran filántropos. No entendía que la filantropía fuera éso sin más y no hubiera una ganancia oculta, claramente soterrada. Su ardua infancia lo había convertido en un descreído y en un cínico. No creía ni siquiera en la palabra amor.
Cuando ella desapareció, Heinrich entró en la noche de los tiempos. Una tarde, pese a las recomendaciones de Alfredo de no hacerlo, pese a la amistad inquebrantable de Alfredo, bendito Alfredo que estás en los cielos terrenales, llevó su coche hasta el pantano de Quentar, dejó una carta en su interior y saltó desde el muro más alto precipitándose al vacío.
Alfredo se enteró de la noticia al día siguiente y creyó que su vida se rompía en mil pedazos.
Juan era la proyección de Heinrich sobre el prisma de un recuerdo.
Según Alfredo, no debía dejarlo caer. No, bajo ningún concepto y lo ayudó con toda su alma, mediatizada por la contaminación del ambiente.
Era su forma de amor. Su estricta forma de amor.
La lealtad era entonces la reparación de un mal recuerdo. Una limpieza de conciencia por el amigo que se fué y no volvió de una tarde en un pueblo de Granada.
Sevillana
La lealtad es algo más que una mera intención de pertenencia, el seguimiento de una amistad, o un principio de camaradería.
En la historia personal de Juan Merino, había habido grandes referentes. Uno de ellos, era su padrino. Alguien que traía regalos espléndidos y que lo llevaba a mil sitios, pero que le dejaba frío el corazón como cuando jugaba a ser padre y le regañaba mientras Juan miraba la luz naranja del sodio en las farolas de la barriada de Cartuja viniendo de Alfacar. O cuando sin venir a cuento, no investigaba demasiado las acusaciones contra él vertidas en fiestas familiares y le reprendía porque sí. Hay fue cuando Juan empezó a plantearse qué rito iniciático precede a la lealtad, qué forma tienen los sueños con forma de caballo llamado Lucero cuando no vienen acompañados y refrendados en el gris acero de la cruenta realidad.
Alfredo Merino, que era el nombre del tío de Juan, tenía un gran amigo alemán llamado Heinrich Müller. Herr Müller era técnico de radio y se había nacionalizado español, por su afición a la Alpujarra, y por el creciente amor al vino de la Contraviesa, y a los roscos de Loja. En la vida de Müller cabía advertir su pesimismo histórico, su amor confesable por los bares de Granada, y su catequesis cotidiana en los cafés a amigos y amigas, propios y extraños, sobre la música y la construcción de instrumentos musicales. Pero la tormenta se cirnió sobre él cuando Gertrud Lampe, su novia de toda la vida, se fué con un actor de teatro itinerante, de ésos que decían realizar una misión ejemplificadora en el contenido y en la forma. Heinrich siempre había sido un escéptico de los que en apariencia eran filántropos. No entendía que la filantropía fuera éso sin más y no hubiera una ganancia oculta, claramente soterrada. Su ardua infancia lo había convertido en un descreído y en un cínico. No creía ni siquiera en la palabra amor.
Cuando ella desapareció, Heinrich entró en la noche de los tiempos. Una tarde, pese a las recomendaciones de Alfredo de no hacerlo, pese a la amistad inquebrantable de Alfredo, bendito Alfredo que estás en los cielos terrenales, llevó su coche hasta el pantano de Quentar, dejó una carta en su interior y saltó desde el muro más alto precipitándose al vacío.
Alfredo se enteró de la noticia al día siguiente y creyó que su vida se rompía en mil pedazos.
Juan era la proyección de Heinrich sobre el prisma de un recuerdo.
Según Alfredo, no debía dejarlo caer. No, bajo ningún concepto y lo ayudó con toda su alma, mediatizada por la contaminación del ambiente.
Era su forma de amor. Su estricta forma de amor.
La lealtad era entonces la reparación de un mal recuerdo. Una limpieza de conciencia por el amigo que se fué y no volvió de una tarde en un pueblo de Granada.
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