Aquel tablero de ajedrez de madera
A mi querido hermano Carlos
(y sí, digo hermano)
Tu ternura era otra.
Yo casi no la comprendía, pero era otra.
En tus manos se fabricaban infinitos afectos,
en tus silencios aprobatorios y reprobatorios
yacía el hilo tranquilo de tu amor esquivo.
Porque huías, siempre huías
de la barbarie cotidiana que nos rodeaba,
del pacto tácito
con el absurdo incontestable
que implicaba
aceptar del todo las groseras reglas del juego.
En tus manos se fabricaban infinitos afectos,
como aquel tablero de ajedrez con fichas de madera
que me hiciste,
como aquellas clases de informática improvisada
que me dabas cuando en casa compraron el primer amstrad,
cuando me sorprendías
al otro de la línea
desahogando mi ira adolescente
contra el mundo en módicos pagos de línea erótica
o cuando veías en los vídeos vhs
que tenían etiquetas de partidos de baloncesto
los programas de playboy mezclados
con las jugadas del Estudiantes de Azofra y Pinone.
Pese a todo, yo era simplemente un adolescente introvertido
que pugnaba
con un nuevo rol
de chico que a todos gustaba
y que había terminado la EGB
tras una vendetta que duró años,
siendo la escuela una antígua ciudad de Sarajevo
tras un bombardeo de la OTAN,
al que visitar, de vez en cuando,
para dar cuenta y testimonio de la masacre
que puede llegar a convertirse un lugar de bello paisaje.
Ya sé. Me justifico.
Pero mis lúgubres accesos
al mundo del sexo,
no fueron pesadilla.
En tus clases de Medicina
pasabas los apuntes a limpio.
Tu letra menuda,
era
precisa
como el bisturí de un cirujano.
Cuando me inventaba historias
me escuchabas.
Eras de los pocos que lo hacía.
(y sí, digo hermano)
Tu ternura era otra.
Yo casi no la comprendía, pero era otra.
En tus manos se fabricaban infinitos afectos,
en tus silencios aprobatorios y reprobatorios
yacía el hilo tranquilo de tu amor esquivo.
Porque huías, siempre huías
de la barbarie cotidiana que nos rodeaba,
del pacto tácito
con el absurdo incontestable
que implicaba
aceptar del todo las groseras reglas del juego.
En tus manos se fabricaban infinitos afectos,
como aquel tablero de ajedrez con fichas de madera
que me hiciste,
como aquellas clases de informática improvisada
que me dabas cuando en casa compraron el primer amstrad,
cuando me sorprendías
al otro de la línea
desahogando mi ira adolescente
contra el mundo en módicos pagos de línea erótica
o cuando veías en los vídeos vhs
que tenían etiquetas de partidos de baloncesto
los programas de playboy mezclados
con las jugadas del Estudiantes de Azofra y Pinone.
Pese a todo, yo era simplemente un adolescente introvertido
que pugnaba
con un nuevo rol
de chico que a todos gustaba
y que había terminado la EGB
tras una vendetta que duró años,
siendo la escuela una antígua ciudad de Sarajevo
tras un bombardeo de la OTAN,
al que visitar, de vez en cuando,
para dar cuenta y testimonio de la masacre
que puede llegar a convertirse un lugar de bello paisaje.
Ya sé. Me justifico.
Pero mis lúgubres accesos
al mundo del sexo,
no fueron pesadilla.
En tus clases de Medicina
pasabas los apuntes a limpio.
Tu letra menuda,
era
precisa
como el bisturí de un cirujano.
Cuando me inventaba historias
me escuchabas.
Eras de los pocos que lo hacía.
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