Cuando menos lo esperas

Cuántas veces he estado
-espía del silencio-
esperando unas letras,
una voz.


Cuántas veces he estado... 
La voz a tí debida 
Pedro Salinas 

A Dragana

Cuando menos lo esperas 
la vida abre un paréntesis
y la ciudad dispone lo necesario. 
Es Madrid, puerta del Sol, 
y vienes tarde pero vienes 
a que caminemos juntos por calles 
poco iluminadas y casi oscuras
bajo la atenta mirada 
de farolas que apenas alumbran 
un paisaje nocturno
de palacios reales, reyes castellanos 
y catedrales
construídas sobre los restos 
de antíguas murallas defensivas árabes. 
Cruzamos el puente de Segovia
y hablamos de suicidas, 
de gentes que se niegan a combatir
y seguir dando batalla 
en este desierto que la existencia propone 
como cotidiana enseñanza. 
Conocemos la basílica de Francisco el Grande 
y nos reímos con el gran Francisco. 
La Latina nos refugia 
en las curvas de sus calles 
y escapamos del adjetivo perfecto. 
Más tarde, como dos fugitivos que corrieran 
de un cuarto lóbrego y asfixiante,
tras pasar por Huertas y la plaza de Santa Ana,
ponemos rumbo
a la Plaza Mayor
a la terraza vacía de un bar ya cerrado. 

Es plena madrugada y 
Pedro Salinas nos habla del silencio,
de unas palabras que, en esta ocasión,
sí vienen 
y en una copa de balón vacía,
como el nombre del bar,
bebemos del tibio licor del sano amor.

La noche es testigo de sombras,
del abrazo que sigue al abrazo,
que envuelve a una trayectoria en otra trayectoria. 

Al despertar, retengo la imagen de
Dragana mirándose al espejo peinando 
sus cabellos. 

Cuando menos lo esperas,
la vida concede una oportunidad. 

Es el retiro,
un día de primavera inconcluso 
y una estación de metro
que invoca a la alegría presente
sin nombres, ni etiquetas, 
con la única promesa de una mirada. 

хвала драга 


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