Cúlpeme, Señora

Cúlpeme, Señora
Busque todos los argumentos en mi contra
Dígalo alto y claro
Si tiene miedo, arrópese de alguna amiga
Que pueda socorrerla y darle mil patadas al presunto culpable
Es evidente que soy un malvado ...

Bueno, ya sé.
Usted no me conoce ni conoce mis intenciones.
No sabe si soy un asesino en serie o un violador obsesivo.
Pero, de veras... ¿Usted así lo cree?
En el lenguaje que siempre intercambié,
nunca hubo una sola invocación
al sexo
ni a toda la perversidad propia
del que se sabe conducido directamente a perpetrar el acto sin más
y si hubo invitaciones pudieron ser oídas o desoídas,
con la consiguiente fundación o congelación de esperanzas.

¿Un hombre desorientado?
Tal vez. Un hombre que se perdió para volver a encontrarse
e ir a la esencia propia del yo romántico
frente al hermetismo de la ciudad-dragón
que escupe fuego cuando quiere apagar los incendios.

Encarcéleme, Señora,
cierre este calabozo con candados de acero
y lance la llave al mar.
Le reconozco que morir aquí dentro es más placentero
que navegar como barco a la deriva sin su atención.

Pero tampoco me compadezca, Señora.
No soy víctima ni soy verdugo, tan
sólo un hombre que camina por avenidas pobladas de gente
y dice contraponer el inexorable paso del tiempo
con su verso operativo,
que como escuadrón
se lanza a dar la batalla sobre el folio en blanco
hilvanado por el lápiz puntiagudo.

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