El efecto de las palabras

En el café de las madres y de los padres,
cuando las palabras se encienden
y se provoca el incendio
haciendo que Nerón salga de su escondrijo,
cuando Roma
ya es todo llamas
y la buena intención
de una recreación de los hechos
en términos de política-ficción
no va por el guión preciso de la concordia,
se establecen
rutas más allá de la zona de comfort,
se entra en lo personal,
y esa línea es hiriente
pero...
Sólo se ofende quien así lo desea
y las palabras malsonantes
no son el rosario de la aurora
ni la sangre llega al río.
Forman parte
del cotidiano discurrir
de la vida
de gentes comunes
que como nosotros y nosotras
juegan
con alfiles hirientes como alfileres finos de costura
para cubrir sus insatisfacciones y frustraciones.
El efecto de las palabras
no lo puede cubrir
un desarreglo afectivo,
una inestabilidad puntual de una persona,
o la no comprensión de que nadie es perfecto
y todos y todas así caminamos.
Me dices que nunca caminé con tus zapatos, pero... ¿Caminaste tú con los míos?


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