La lógica de los solitarios
Como barcos que navegaran
por un mar irredento
así se suceden
los solitarios por las calles de Madrid
que se mezclan con grupos organizados,
auténticas flotas,
en noches festivas
en las que la algarabía
tuviera la forma de un bar
que adoptara máscaras de carnaval
y sombreros irlandeses.
¿Qué les sucede a los solitarios?
¿Qué buscan tras la sonrisa de una mujer,
tras la dulzura en la palabra de un hombre?
¿Qué ansian encontrar?
¿Por qué son expulsados
de los bares antes de entrar
sin ir bebidos?
¿Por qué no encajan en ningún puzzle construído para ese instante?
¿Por qué la forma de encontrarse es perderse y volverse a perder?
¿Por qué esconden su ternura y la disfrazan de una pose escogida
para la ocasión propia de actores antíguos de cine
que les hace aparentar mantener el control interno de sus emociones,
claro instinto de supervivencia
en la ciudad feroz que construye sus paréntesis equidistantes?
Nada les sucede y todo les ocurre.
Por ellos viven femmes fatales y marineros tatuados de copla,
oficinistas, seres de todas las ocupaciones y oficios y
estereotipos varios de protohombre.
Pero no desesperan.
Practican el ideario implacable de los que perseveran
y si desfallecen, descansan,
tras las cortinas
de cuartos no demasiado arreglados,
con la paciencia del vigía de faro de mar.
Alaban a su amor como lo podrían hacer Hölderlin, Gioconda Belli o el propio Arcipestre de Hita
y lo nostalgian como podrían hacer Gelman, Benedetti o el propio Baudalaire.
por un mar irredento
así se suceden
los solitarios por las calles de Madrid
que se mezclan con grupos organizados,
auténticas flotas,
en noches festivas
en las que la algarabía
tuviera la forma de un bar
que adoptara máscaras de carnaval
y sombreros irlandeses.
¿Qué les sucede a los solitarios?
¿Qué buscan tras la sonrisa de una mujer,
tras la dulzura en la palabra de un hombre?
¿Qué ansian encontrar?
¿Por qué son expulsados
de los bares antes de entrar
sin ir bebidos?
¿Por qué no encajan en ningún puzzle construído para ese instante?
¿Por qué la forma de encontrarse es perderse y volverse a perder?
¿Por qué esconden su ternura y la disfrazan de una pose escogida
para la ocasión propia de actores antíguos de cine
que les hace aparentar mantener el control interno de sus emociones,
claro instinto de supervivencia
en la ciudad feroz que construye sus paréntesis equidistantes?
Nada les sucede y todo les ocurre.
Por ellos viven femmes fatales y marineros tatuados de copla,
oficinistas, seres de todas las ocupaciones y oficios y
estereotipos varios de protohombre.
Pero no desesperan.
Practican el ideario implacable de los que perseveran
y si desfallecen, descansan,
tras las cortinas
de cuartos no demasiado arreglados,
con la paciencia del vigía de faro de mar.
Alaban a su amor como lo podrían hacer Hölderlin, Gioconda Belli o el propio Arcipestre de Hita
y lo nostalgian como podrían hacer Gelman, Benedetti o el propio Baudalaire.
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